EN PORTADA / REPORTAJE

Fecunda como pocas, la literatura de Reino Unido ha alumbrado a un sinnúmero de escritores esenciales en todos los géneros. Ellos tienen hoy mucho que decir

 

 

 

El marxista John Berger

John Berger (Hackney, Londres, 1926). Empezó siendo pintor, carrera que abandonó a los 30 años para dedicarse a la escritura, pero siguió interesado en las artes visuales y escribió textos admirables sobre el dibujo, la escultura y la fotografía, sobre todo Modos de ver (1972), que fue fundamental para toda una generación de artistas. Poco después se instala en un pueblo de los Alpes franceses y durante 15 años escribe una trilogía de novelas sobre la transformación del mundo rural bajo el título de De sus fatigas: Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag. “Soy, entre otras cosas, marxista”, declaró Berger, y su obra incluye textos que tacha de políticos, como Hacia la boda, un texto sobre el sida; King, una crónica de los sin vivienda, y El tamaño de una bolsa, que incorpora la correspondencia de Berger con el subcomandante Marcos. Sus Poemas completos fueron publicados en 2014.

Un guía intelectual llamado Steiner

George Steiner. / MIGUEL GENER

George Steiner (París, 1929). Posiblemente el crítico literario más importante de nuestro tiempo. Erudito y brillante lector, Steiner ha sabido desarrollar una obra crítica original, perspicaz y justa, respetando la inteligencia de sus lectores y abriéndoles nuevos horizontes. Cualquiera de sus libros más importantes —La muerte de la tragedia, Después de Babel, En el castillo de Barba Azul, Nostalgia del absoluto, Gramática de la creación, Los libros que nunca he escrito— bastaría para colocarlo en la cúspide del arte de la crítica. Sus temas abarcan la biblioteca universal: la literatura griega, el concepto de Europa, el arte de la traducción, la literatura china clásica, la poesía alemana, el Holocausto, la Biblia, la obra de Heidegger, Borges, Céline, Kafka y muchos otros. No podemos concebir la actividad intelectual de nuestro tiempo sin el pensamiento de George Steiner.

Le Carré, maestro del espionaje

John Le Carré (Poole, Dorset, 1931). La novela de espionaje cuenta con ilustres antepasados —El agente secreto, de Conrad, y Kim, de Kipling—, pero hoy John Le Carré es el maestro indiscutido del género. A lo largo de su carrera, empezando con El espía que surgió del frío y siguiendo con la saga de George Smiley, hasta los libros escritos después de la disolución de la Unión Soviética como El jardinero fiel y El hombre más buscado, Le Carré convirtió la novela de espionaje en una exploración existencial que busca un comportamiento ético en un mundo corrupto e injusto. En el universo de Le Carré, que perteneció al cuerpo diplomático británico en los sesenta, los justos no vencen ni los infames son derrotados, pero a pesar de ello una persona íntegra puede lograr mantener una posición casi intachable, sin dejarse contaminar (o poco) por las abominaciones del mundo en que vivimos.

El Nobel estilista Naipaul

V. S. Naipaul. / Gorka Lejarcegi

V. S. Naipaul. Nacido en Trinidad en 1932, obtuvo el Premio Nobel en 2001. Su carrera literaria se inició con dos espléndidas novelas —El sanador místico y Los simuladores— que describen con humor sardónico lo que Naipaul ha llamado “una suerte de esquizofrenia colonial”. Si bien su ficción es admirable, su obra más importante consiste en una serie de libros de viajes —a India, a los países árabes, a América del Sur— en los que analiza el mundo contemporáneo: La pérdida de El Dorado, Guerrilleros, La vuelta de Evita Perón, Entre los creyentes. Naipaul no es antropólogo ni sociólogo: sus opiniones son caprichosas y sus fuentes de información poco fiables. Pero en sus libros la veracidad histórica importa menos que la esmerada calidad de su escritura. Naipaul es sobre todo un estilista, autor de ficciones que bajo la apariencia de ensayos imaginan o inventan un preocupante universo.

Stoppard, diestro dramaturgo

Tom Stoppard (Zlín, República Checa, 1937). Heredero del humor y de la destreza verbal de Oscar Wilde, fue reconocido desde temprano como uno de los mayores talentos del teatro inglés. Cuando en 1967 estrenó Rosencrantz y Guildenstern han muerto, el crítico del Times de Londres concluyó que “con esta obra, Stoppard exige ser reconocido como uno de los grandes genios de la escena dramática”. Siguieron otras piezas que son hoy clásicas —Jumpers, Farsas, Todo buen chico merece un favor, Arcadia, La invención del amor, La costa de Utopía— que demuestran su poder como filósofo del lenguaje y diestro dramaturgo. Con elegancia y originalidad, Stoppard logra poner en escena ideas metafísicas y conceptos matemáticos, juegos temporales y teorías lingüísticas que parecían estar firmemente limitados a otros campos. A sus obras de teatro debemos agregar sus piezas radiofónicas que dieron nueva vida a un género dramático considerado menor.

Barker, novelista de la historia

Pat Barker.

Pat Barker (Thornaby-on-Tees, Yorkshire, 1943). Una trilogía de novelas sobre la Primera Guerra Mundial, publicadas entre 1991 y 1995, consagró a Pat Barker como una de las mejores autoras de novelas históricas británicas. Regeneración, El ojo en la puerta y El camino fantasma trazan la historia, basada en hechos reales, del psicólogo William Rivers. En su clínica en Escocia, Rivers fue encargado de curar a pacientes afectados por la guerra para que pudiesen volver al campo de batalla. Entre ellos se encontraba el héroe y poeta pacifista Siegfried Sassoon, y la misión oficial de Rivers era comprobar que Sassoon se oponía a la guerra por razones de dese­quilibrio mental. Barker, ganadora del Premio Booker en 1995, utiliza esta historia verídica como punto partida para describir los horrores y consecuencias de la violencia organizada, y crear una de las más extraordinarias y ambiciosas sagas del siglo XX.

El psicogeógrafo Sinclair

Iain Sinclair (Cardiff, 1943). Novelista y cinematógrafo, Iain Sinclair es un especialista en psicogeografía, la ciencia que estudia la relación entre nuestra forma de pensar y de sentir, y el mundo físico en el que vivimos. Sus primeras ficciones tomaron como tema el caso de Jack el Destripador en la novela White Chappell, y la Inglaterra de Margaret Thatcher —personaje a quien Sinclair atribuyó el nombre de La Viuda— en Downriver. Si bien las ficciones de este escritor son admirables, su colección de ensayos Lights Out for the Territory es su obra más original e importante, entrelazando crítica literaria, argumentación política y un conocimiento profundo de los mitos ocultos de la ciudad de Londres. Entre sus películas, no puede dejar de destacarse The Falconer, la historia de un documentalista en una Inglaterra desolada a finales del siglo XX.

Crace y la visión cálida del ateísmo

Jim Crace. / Olivia Harris

Jim Crace (St Albans, Hertfordshire, 1946). Uno de los novelistas más originales de su generación, Crace investiga los grandes temas metafísicos a través de argumentos históricos. Cosecha, novela que transcurre en la Inglaterra de la Edad Media, es una interrogación sobre la formación de nuestras sociedades; Quarentine es un evangelio cristiano narrado por el diablo, quien busca explorar la cuestión del bien y del mal; Y amanece la muerte es una reflexión sobre el fin de la vida a través de la crónica de varios abominables asesinatos. Jim Crace ha definido sus novelas como “la obra de fe de un ateo”. En una discusión sobre sus ficciones, el escritor explicó: “Quería que la pasión y la creencia entraran en mi vida aunque siguiera sin confiar en un creador. Por eso escribí un libro sobre la muerte: para encontrar una visión más cálida del ateísmo”.

La cultura popular, según Warner

Marina Warner (Londres, 1946). Novelista e investigadora de la cultura popular, esta escritora británica ha publicado estudios revolucionarios sobre los cuentos de hadas y sus orígenes, y sobre otros temas de literatura fantástica como Las mil y una noches y los mitos transformativos desde Ovidio en adelante. Su interés por las mitologías de nuestro tiempo está reflejado en colecciones de ensayos como Six Myths of Our Time y Signs and Wonders, donde estudia nuestras definiciones culturales de la sexualidad, los juegos infantiles y otros temas relativos a la vida de hoy. Los libros de esta escritora sobre tres mujeres famosas —la emperatiz Tz’u-hsi en The Dragon Empress, Juana de Arco en el libro homónimo y la Virgen María en Tú sola entre las mujeres— son ensayos fundamentales. Marina Warner es también novelista, autora de obras como The Skating Party y The Lost Father.

Barnes, heredero de Flaubert

Julian Barnes. / OSCAR CORRAL

Julian Barnes (Leicester, 1946). Cuando publicó El loro de Flaubert, en 1984, el público creyó descubrir un nuevo género literario cuyos precursores secretos eran Diderot y Lawrence Sterne (y también el Nabokov de Pálido fuego): una suerte de ensayo literario crítico sobre la obra de Flaubert propuesto por un narrador irreverente y fanfarrón. Siguieron otras ficciones en las cuales la forma trataba de disimular o contradecir el contenido: Una historia del mundo en 10 capítulos y medio, El puercoespín y El sentido de un final. En todas ellas Barnes demuestra una maestría extraordinaria en el planteamiento de ideas inauditas que desarrolla con una precisa elegancia heredada de Flaubert, su maestro. Su mejor novela sea quizás Arthur & George, inspirada por un caso verídico investigado por el inventor de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle. Julian Barnes es sin duda uno de los escritores esenciales de nuestro tiempo.

El idioma poético vigoroso de Padel

Ruth Padel (Londres, 1946). Bisnieta de Charles Darwin, hija del psicoanalista John Hunter Padel, poeta y clasicista, Ruth Padel es una de las voces más originales de la poesía británica actual, junto con Alice Oswald, Cioran Carson y Sam Meekings. Su vasta obra consiste en seis volúmenes de crítica, cuatro obras ensayísticas, una novela y diez colecciones de poemas, entre las cuales se destaca una biografía de Darwin en verso, compuesta de frases tomadas de los escritos del científico, y Aprendiendo a construir un oud en Nazaret, una investigación lírica de la guerra en Palestina. En su poesía, como en sus ensayos, esta escritora se interroga sobre nuestras responsabilidades políticas y ecológicas a través de un sutil uso de metáforas narrativas, empleando crónicas de eventos contemporáneos y mitos griegos para ilustrar situaciones problemáticas en un idioma poético singular y vigoroso.

McEwan, el mejor de su generación

Ian McEwan. / Scoopt/Getty Images

Ian McEwan (Aldershot, Hampshire, 1948). Desde sus primeros relatos —oscuras pesadillas fantásticas reunidas en dos volúmenes imprescindibles, Primer amor, últimos ritos y Entre las sábanas—, Ian McEwan se estableció como un estilista admirable y como el mejor escritor de su generación, rango que sus posteriores novelas confirmaron. El jardín de cemento, El placer del viajero, Niños en el tiempo extendieron la idea de la vida como un relato cruel y sorprendente, sin explicaciones satisfactorias ni consolación aparente. Obras más recientes como Amor perdurable, Expiación, Sábado y La ley del menor refinaron y profundizaron esa visión desoladora. McEwan maneja su lengua materna con una destreza que la literatura inglesa parecía haber perdido después de los últimos escritos de Conrad. A la perfección de McEwan como novelista debemos agregar su habilidad como escritor de guiones de cine basados en sus propias obras.

Hollinghurst, más que literatura gay

Alan Hollinghurst (Stroud, Gloucestershire, 1954). Si bien este crítico literario es considerado como un destacado representante de la literatura llamada “gay”, sus novelas escapan a una definición tan estrecha. Empezando con La biblioteca de la piscina, un doble retrato del mundo homosexual de Londres a principios del siglo XX y después en los años ochenta, y siguiendo con La estrella de la guarda, El hechizo, La línea de la belleza y El hijo del desconocido, sus novelas trazan, en un estilo refinado y con un lenguaje elegante y justo, el universo de la clase alta y media de la Inglaterra contemporánea. Como Henry James, su modelo literario, Alan Hollinghurst evita ofrecer moralejas a sus lectores. “No hago juicios morales”, dijo al ganar en 2004 el Premio Booker por La biblioteca en la piscina. “Prefiero dejar que las cosas resuenen solas con sus propias ironías e implicaciones”.

Winterson y el espíritu crítico

Jeanette Winterson. / David Levenson

Jeanette Winterson (Mánchester, 1959). “No puedo recordar un momento en el que no sabía que yo era alguien especial” es la primera frase de Fruta prohibida, la novela que Jeanette Winterson publicó a los 24 años, en la cual narraba cómo, ocho años antes, se había enamorado de otra muchacha, y cómo su madre la obligó a elegir entre su amor y su hogar. Winterson, adoptada por una pareja evangélica y criada en Accrington, Lancashire, se fue de casa y empezó su deslumbrante carrera literaria. Su estilo picaresco, su agudo espíritu crítico, su interés en la tensión entre nuestras convenciones y nuestros deseos, en obras como La pasión, Espejismos, La mujer de púrpura y ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal? han valido a Winterson comparaciones con Jane Austen y Muriel Spark. “Nuestros sueños de felicidad”, ha dicho Winterson, “son una suerte de Arcadia inventada”.

La elevada ciencia-ficción de Miéville

China Miéville (Norwich, 1972). La ciencia-ficción, género denigrado en sus primeras décadas, cobró rápidamente una merecida aristocracia literaria. Hoy su prestigio es indiscutible y China Miéville es uno de sus representantes más destacados. Dentro de ese campo, la obra de Miéville abarca varios géneros: el horror, la distopía, los universos paralelos, los vampiros y zombis. Ficciones que Miéville opone a la de Tolkien, autor que juzga reaccionario. Sus novelas más notables son El Rey Rata, El azogue, Kraken y, sobre todo, Embassytown y La ciudad y la ciudad, donde teorías lingüísticas influyen o determinan la organización de una sociedad futura. En La estación de la calle Perdido se puede sentir la influencia de juegos vídeo, para los cuales Miéville ha escrito escenarios originales. Además de gran novelista, Miéville es miembro de la organización trotskista British Socialist Workers Party y firma un blog político llamado La Tumba de Lenin.

Precisa y lírica Oyeyemi

Helen Oyeyemi. / Massimiliano Minocri

Helen Oyeyemi (Nigeria, 1984). Incluida en 2013 en la lista Granta de mejores novelistas británicos jóvenes, esta escritora se destaca por su poder de invención y su lenguaje preciso y lírico. Su universo es el de los cuentos de hadas, pero con un trasfondo cristiano —Oyeyemi ha declarado que es “profundamente creyente”—, a la vez subvertido por su implacable reconocimiento de la crueldad en las relaciones humanas. Sus puntos de partida son las leyendas griegas, la historia de Barba Azul, los relatos folclóricos cubanos, los cuentos de Grimm, todas narraciones míticas que Oyeyemi transforma en novelas de invención fantástica y psicológicamente justas. Entre sus varios libros se destacan La niña Ícaro, que escribió cuando aún estaba en el colegio, y Boy, Snow, Bird. Quizás la más lograda sea El señor Fox, escrita —ha dicho Oyeyemi— bajo la doble influencia de Edgar Allan Poe y Henry James.

EN PORTADA / FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA

Reino Unido, país invitado a la Feria de Guadalajara, vive la consagración de los narradores de los ochenta al tiempo que se renueva con escritores de todo el mundo en inglés

 

 

De izquierda a derecha: Agatha Christie, Salman Rushdie, Ian McEwan, J.K. Rowling, George Orwell, Virginia Woolf y Charles Dickens. Ilustración de Fernando Vicente

Como muchas buenas historias londinenses, esta empezó entre vapores etílicos y humo de tabaco en un viejo pub. The Pillars of Hercules, en Greek Street, en el Soho, se encontraba justo debajo de la oficina de The New Review, una cabecera con la que Ian Hamilton, un seductor genial, polemista y bebedor, quiso recuperar la tradición casi extinta de las revistas literarias en la segunda mitad de los años 70.

El pub se convirtió en la verdadera redacción de la revista. Con un generoso whisky escocés en una mano y un cigarrillo en la otra, Ian Hamilton repartía juego entre una camada de jóvenes aspirantes a escritores.

Ian McEwan, Julian Barnes, Christopher Hitchens y Martin Amis —que pronto empezaría a editar la sección de libros del New Statesman, otro de los focos de esa nueva ola— hablaban de literatura, bebían y se sacaban un dinerillo para mantenerse a flote mientras escribían. “Fue, y sigue siendo, como una hermandad, una familia”, recuerda McEwan. “Muchos escritores de mi generación estábamos a punto de publicar nuestra primera novela, y ese pub se convirtió en el lugar donde alternábamos”.

Allí se formó el embrión de uno de los fenómenos editoriales más extraordinarios de las últimas décadas. Una serie de escritores con vocación transgresora, en el fondo y en la forma, cuyo enorme éxito global ha marcado el devenir de las letras británicas de las últimas cuatro décadas.

Hay quien defiende que el estruendo provocado por aquel grupo de autores ha eclipsado a las generaciones posteriores. Y es cierto que muchos de esos autores, hoy sexagenarios, permanecen en el Olimpo de los escritores británicos contemporáneos y sus novelas de madurez, desprovistas de esa transgresión de los inicios, siguen siendo devoradas por lectores de todo el mundo.

Pero ese mismo éxito ha abierto también un camino por el que han transitado después multitud de talentosos autores. “Lo que convirtió a esta generación en algo tan emocionante es que no había habido nada en Reino Unido, casi desde la guerra, con esa sensación de entusiasmo”, explica Bill Buford, escritor norteamericano que, al frente de la revista Granta, desempeñaría un papel clave en ese resurgir de la novela británica. “Fue el ruido después del silencio. El oasis viene después del desierto, no puede haber otro oasis después de un oasis. Pero lo cierto es que, cuando ellos llegaron, Reino Unido no era un sitio emocionante para los libros, y ahora sí lo es. Ellos fueron muy celebrados porque no había otros, ahora hay mucha más gente haciendo cosas interesantes”.

La industria del libro, con 180.000 títulos al año,  genera 4.650 millones de euros. El 40% procede
de la exportación

Reino Unido sigue siendo una potencia editorial, con más de 180.000 títulos publicados al año, y unos ingresos por ventas de libros de 4.650 millones de euros anuales, el 40% de los cuales procede de la exportación. La ficción histórica y la novela infantil y juvenil, en la estela de las exitosísimas Hilary Mantel y J.K. Rowling, viven una época de esplendor. Y nuevas hornadas de escritores, sin tanto ruido y cada uno por su lado, mantienen muy activo el imán creativo de la novela británica.

Peter Florence es un testigo privilegiado de ese nuevo talento, que desfila cada año por el Hay, el festival literario que creó con su padre en un pequeño pueblo galés en 1989, convertido hoy, bajo su batuta, en un evento con ramificaciones por todo el mundo. “Hay grandes libros que salen cada año”, asegura. “Tahmima Anam, Laline Paull y Rebecca F. John, por ejemplo, son grandes nuevas escritoras. Y creo que podría defenderse que, después del genio sublime de Tom Stoppard, las mejores apuestas británicas para un próximo Nobel de Literatura pueden ser Ali Smith y David Mitchell. Pero lo que diferencia a aquella generación de los ochenta es que se trataba un grupo de amigos. Una pandilla que los medios podían identificar y sobre la que podían escribir”.

Puede parecer osado hablar de una generación dorada en la literatura del país de Shakespeare, Dickens, Conan Doyle, Christie, Woolf, Lessing y un infinito etcétera. Pero está claro que en el Londres de los ochenta pasó algo.

“Aquella fue la última ola coherente que hemos tenido”, opina Sam Leith, escritor de 41 años, que editó la sección de libros del Daily Telegraph, ahora publica en diversos periódicos, y ha sido jurado del último Booker Prize. “Fue como una pandilla. Hoy en día hay gente muy prominente, pero no existe esa sensación de círculo literario cerrado. Después de una tradición de novelas suburbanas bien construidas y ortodoxas, llegó está generación que buscaba, como dijo Barnes, épater le bourgeois. Había una sensación de que algo terminaba y empezaba otra cosa nueva. Fue un periodo en que ser novelista se convirtió en sexy”.

Con Rushdie llegó una novela cosmopolita y libre que tenía más que ver con García Márquez que con la tradición nacional

El París de Hemingway, Stein, Fitzgerald y Pound era un fiesta. Igual que la Nueva York de Capote y Mailer, o la Barcelona del boom latinoamericano. Pero también lo fue el Londres, sombrío y multicultural, de Amis, McEwan, Barnes, Kureishi y Rushdie. El conflicto entre los deseos de prosperar y el deterioro de la economía estalló al final de la década en el invierno del descontento y el punk. Margaret Thatcher llegó al poder en mayo de 1979 e impuso el dogma del libre mercado. La cultura se convirtió en una mercancía más.

Huracán Rushdie

El Reino Unido de Thatcher empezó a abrirse hueco en la ficción literaria, convirtiendo a los ochenta en una época productiva y vigorosa para la narrativa. “La novela era sexy de nuevo”, explica Malcolm Bradbury, en su ensayo The Modern British Novel. “Los propios novelistas fueron la prueba viviente del milagro thatcherista, con su preocupación por el estilo de vida, su cultura del eclecticismo, su competitividad y su culto al éxito. El posmodernismo se convirtió no en un oscuro experimento sino, como los caros productos gastronómicos de países exóticos, en una elegante mercancía”.

El mejor indicador del cambio de rumbo en la narrativa británica lo proporciona el Booker Prize, el más prestigioso premio de las letras británicas. El de 1980 fue una batalla entre dos gigantes de la poderosa generación de los cincuenta, Anthony Burgess y William Golding, en la que acabaría imponiéndose el segundo. Al año siguiente, el ganador fue un joven autor desconocido, nacido en India, llamado Salman Rushdie.

Su libro, Hijos de la medianoche, no se parecía a nada que se hubiera visto hasta entonces en la tradición británica. Una novela cosmopolita y libre, no solo en el fondo, sino en su efervescencia formal, que bebía más de Grass o de García Márquez que de los maestros de la literatura británica. Kazuo Ishiguro habló de esa obra como “absolutamente crucial” para los jóvenes escritores que, como él mismo, soñaban con estirar las fronteras de la novela británica. Aquellos Hijos de la medianoche llegaron, en algún momento de finales de 1979 y en forma de manuscrito, a la mesa de Bill Buford, entonces un estudiante norteamericano en Cambridge, que había empezado a dirigir la revista literaria Granta. Buford incluyó un extracto de la novela aún inédita de Rushdie en el tercer número de la revista en el que, provocadoramente, proclamó “el fin de la novela inglesa y el inicio de la ficción británica”.

Carmen Secanella

“La literatura británica en esos años era como el campo inglés: bonito, ordenado y totalmente predecible”, explica Buford desde Nueva York, ciudad en la que se instaló a mediados de los noventa para dirigir las páginas de ficción del New Yorker, en el que aún colabora además de escribir libros sobre gastronomía. “Yo buscaba una literatura que no existía entonces, tampoco en Estados Unidos, donde había experimentación pero se miraba hacia dentro. Salman miraba hacia fuera. Hablaba de historia, de política, del mundo. Era el primer libro desde Cien años de soledad que tenía esa ambición. Fue un estallido, un huracán de aire fresco”.

Estamos a principios de los ochenta. Recuerden: Thatcher, Saatchi & Saatchi. El marketing es la nueva religión y el libro es una mercancía más. Así, igual que había un Consejo de Marketing de la Carne para persuadir a la gente de que comiera vaca autóctona, existía también una institución gemela que perseguía que los ciudadanos compraran buenos libros británicos. Y su director, Desmond Clarke, tuvo la brillante idea de encargar una lista de los 20 mejores escritores británicos menores de 40 años que, por un juego de casualidades, se convertiría una de las jugadas de marketing más importantes de la historia del mundo editorial.

El canon de ‘Granta’

El 22 de agosto de 1983 la lista se publicó en el Sunday Times. Al limitado impacto que cabe esperar de una historia publicada en pleno verano londinense, hay que añadir el hecho de que las obras de la mayoría de esos autores no podían encontrarse aún en las librerías.

Pero sí estaban, en cambio, encima de la mesa de Bill Buford en Cambridge. “Tenía manuscritos de al menos 13 de esos escritores”, recuerda. “Eso es lo que hacen las revistas literarias, escuchar las nuevas voces de una generación”. Así que Buford metió su ejemplar del Sunday Times en la maleta cuando al día siguiente cogió el tren a Londres para reunirse con Peter Mayer, capo de Penguin, para convencerle de que se encargara de distribuir Granta en las librerías.

Mayer aceptó. Y al final de la reunión, Buford sacó el Sunday Times y le sugirió a Mayer dedicar el siguiente número de su revista, el primero que distribuiría Penguin, a aquella lista.

“Ahora se ha asimilado la diversidad que trajeron los inmigrantes de segunda generación”, dice Sam Leith, jurado del Booker

En las 320 páginas de aquel séptimo número de Granta, publicado en 1983 y titulado “Lo mejor de los jóvenes novelistas británicos”, había extractos, entre otros, de Amis, McEwan, Barnes, Ishiguro y Rushdie. La revista arrancaba con las primeras páginas de Dinero, la novela de Amis que se publicaría el año siguiente y que retrataría como ninguna otra aquella época. La ilustración de la cubierta, dos plumas estilográficas chocando contra una Unión Jack que se rompe en pedazos, hablaba por sí sola.

Aquello funcionó. La narrativa con ambición literaria dejó los márgenes de la cultura y se convirtió en el mainstream. Las librerías Waterstone, cuyos primeros locales abrieron en 1982, desplegaban en sus mesas las novelas como atractivas mercancías que entraban por los ojos. Los jóvenes novelistas se volvieron celebrities. Sus vidas, sus novelas, sus contratos, llenaban las páginas de los periódicos. “Fue como un renacimiento de la narrativa británica”, opina Buford. “A mediados de los setenta era un desierto, y diez años después había muchos escritores muy estimulantes y ambiciosos. No había una unidad estilística, lo único que tenían en común era el deleite en la narración y la ambición. Un país que miraba hacia dentro empezó a mirar hacia fuera”.

Aquella mirada hacia fuera pronto atravesó fronteras. Llegó, por ejemplo, a Platja d’Aro. En esa localidad de la Costa Brava española veraneaba una delegada de Deborah Rogers, la gran agente literaria de esta generación, fallecida el año pasado, y solía coincidir con un joven editor catalán llamado Jorge Herralde. “Hablábamos a menudo”, recuerda el fundador de Anagrama. “A principios de los setenta yo empecé a comprar títulos de autores estadounidenses desconocidos entonces. Y al ver que yo era un nuevo editor interesado en la literatura anglosajona, me ofreció Primer amor, últimos ritos, el primer libro de relatos de McEwan. Después vinieron Amis, Kureishi, Ishiguro, Barnes… en su día los bauticé como el dream team. Hemos ido publicando en español toda su obra y hoy constituyen una parte importante del catálogo de Anagrama. Han sido muy bien acogidos por crítica y público, tanto en España como en Latinoamérica”.

Temas como Escocia, la inmigración y Europa alimentan un debate identitario interesante para los escritores

Los años ochenta terminaron simbólica y dramáticamente el 14 de febrero de 1989, cuando el ayatolá Jomeiní leyó una fatua instando a la ejecución de Salman Rushdie, acusado de blasfemar contra el islam en Los versos satánicos. Pero el integrismo religioso no pudo con aquellos autores ni con los que vinieron tras ellos.

La revista Granta ha publicado tres números especiales más, uno cada diez años, de los 20 mejores escritores británicos por debajo de los 40. El impacto se ha mitigado considerablemente, pero Irvin Welsh, Nick Hornby, Jonathan Coe, Adam Thirlwell, Sarah Waters o Zadie Smith se han sumado al canon de la novela británica moderna en las últimas décadas.

Sam Leith, que ha tenido acceso al talento joven como jurado del último Booker, observa varias tendencias. “Hay mucha narración en presente, muchos esquemas de doble plano temporal, mucho personaje real, mucha historia novelada”, explica. “Y, sobre todo, se aprecia la diversidad de Reino Unido a través de inmigrantes de segunda y tercera generación. Es un fenómeno que empezó en los ochenta, pero que ahora se ha asimilado”.

Si la sacudida social del thatcherismo propulsó a la última generación dorada, los convulsos tiempos que se han abierto tras la crisis financiera auguran un futuro no menos prometedor en términos de creación literaria. “La ansiedad sobre la identidad acaba reflejándose en la escritura”, opina Leith. “El independentismo escocés, el debate sobre la inmigración, la relación con Europa, la ruptura del consenso político… todo eso alimenta un debate identitario que va a ser interesante para los escritores. Pero esos fenómenos tardan un par de años en reflejarse en la literatura. Habrá, pues, que esperar”.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se celebra del 28 de noviembre al 6 de diciembre en el Centro de Exposiciones de la capital de Jalisco (México). Reino Unido es el invitado de honor. Más información: www.fil.com.mx

El veterano escritor lleva su fascinación por el choque entre fe sincera y legalidad a 'La ley del menor', una novela que habla de la fuerza moral de lo secular y las parejas

Ian McEwan junto a su casa, en Gray’s Inn, escenario de su nueva novela. / Ben Gibson-Cowan

 

El otoño londinense despliega todos sus colores cálidos en los árboles que flanquean el Gray’s Inn, histórico complejo residencial de jueces y abogados en el centro de Londres. Cuatro mujeres de mediana edad, compañeras de un club de lectura, escuchan las explicaciones de un esforzado guía que las conduce por un pequeño viaje literario. Acaban de leer y comentar en el club La ley del menor (Anagrama), la última y breve novela de Ian McEwan. Les enganchó tanto que decidieron contratar una visita guiada por los escenarios de la vida de Fiona, la protagonista. Una madura juez de familia, sumida en una crisis matrimonial desatada por la petición de su marido de vivir una última aventura sexual fuera de la pareja, que se enfrenta a un caso complicado: un joven, al que le quedan pocos meses para cumplir la mayoría de edad, padece leucemia y necesita una transfusión de sangre urgente. Pero él y sus padres, testigos de Jehová, la rechazan. Fiona deberá decidir si salva la vida del chico, contra su voluntad, con una inyección de sangre ajena. Mientras su propio mundo se desmorona, la juez, que no ha tenido tiempo para tener hijos, acude a la habitación de hospital donde convalece el joven para tratar de comprender si debe hacer valer su juicio racional frente a la fe religiosa de este.

Codazos, cuchicheos, miradas discretas. Un revuelo sacude a las mujeres del club de lectura. Resulta que, a apenas cinco metros de ellas, ha aparecido Ian McEwan. Una de las lectoras toma la iniciativa y se acerca. Le explica la situación, ante el asombro del escritor, que se encuentra paseando con un periodista extranjero por los lugares de su novela. “Tendrán que pagarme más por este final de recorrido”, bromea el guía, ante un McEwan atónito, deseoso de saber más antes de volver a su pied à terre londinense, unas calles más abajo, para contarle la historia a su mujer. Material literario en estado puro que sirve de preámbulo a una conversación con uno de los grandes de la literatura británica que, a sus 67 años, se aleja definitivamente de la transgresión que marcó sus inicios y se adentra en los jugosos dilemas morales propios del territorio de la normalidad.

PREGUNTA. No es la primera vez que se sumerge en un colectivo profesional para sus novelas. Esta vez escogió a los jueces de familia. ¿Qué ha aprendido de ellos?

RESPUESTA.Los dictámenes de los jueces, los buenos, están dotados de un alcance filosófico espectacular. Muestran una gran compasión y una enorme racionalidad, que creo que son importantes componentes de nuestro sistema moral. Y, en su peor vertiente, son venales, vagos, irritantes, opacos y estúpidos. Así que realmente estaba describiendo la naturaleza humana a través de una institución. La jurisdicción de familia ha sido poco utilizada por los novelistas, que por lo general prefieren el asesinato y la violencia. Pero está conectada con los dilemas morales de cada día. La separación, el futuro de los niños, el final del amor, la enfermedad. Los juzgados de familia están llenos de muy buenas, y a menudo inquietantes, historias humanas.

P. Fiona debe decidir sobre la separación de unos hermanos siameses para que uno sobreviva, contra el deseo de unos padres católicos; después, sobre una transfusión de sangre para salvar a un testigo de Jehová. ¿Hasta qué punto es el libro una defensa del ateísmo?

Si quisieras vivir según dicta la Biblia cometerías genocidios. La ley secular es una fuerza superior a cualquier religión”

R.Las religiones, los textos sagrados, no son buenas guías para el comportamiento moral. Si pretendieras vivir según los dictados de la Biblia, por ejemplo, esclavizarías a la gente, cometerías genocidio o limpieza étnica. Muchos cristianos leen la Biblia selectivamente. Toman lo que parece prudente y rechazan eso otro. Y hacerlo implica operar en otro sistema moral diferente al de la Biblia; uno superior, de hecho. Las religiones han tratado de persuadirnos de que Dios es la fuente de la moralidad. Pero ese no puede ser el caso si para corregirla debemos recurrir a otra fuente. Entonces, ¿cuál es la base de nuestras decisiones morales? La ley secular es una fuerza moral superior a cualquier religión. Pero me fascina cuando se produce ese choque entre la fe, sincera y devota, y la ley.

P. Usted vivió muy de cerca la amenaza del fanatismo religioso cuando se dictó la fetua contra su amigo Salman Rushdie, a quien usted escondió durante un tiempo en una casa de los Cotswolds. ¿Fue el momento en que Occidente se dio cuenta de que el siglo XXI no iba a estar libre de esas amenazas?

R.En los ochenta, para muchos de nosotros que vivimos en la Europa poscristiana, la religión nunca entraba en la conversación. Era algo que la gente hacía hace 150 años, antes de Darwin. Pero lo que sucedió con Salman, primero, y sobre todo lo que vino después con el 11-S, nos colocó frente a frente con el poder de la fe religiosa.

P. ¿Qué piensa cuando lee sobre niñas londinenses que escapan de sus familias para unirse a la yihad?

R.Es un misterio completo. Una de las nociones más destructivas en la historia del pensamiento humano es la utopía. La idea de que puedes formar una sociedad perfecta, ya sea en esta vida o en otra posterior, es muy destructiva. Porque la consecuencia es que no importa si has matado a un millón de personas por el camino: el objetivo es la perfección y eso disculpa cualquier crimen. Es una fantasía que ha tenido sus equivalentes seculares, en el comunismo soviético, por ejemplo, y también en los nazis. La idea de la redención, una idea milenaria, siempre requiere enemigos.

Justo cuando aprendes a vivir tienes que hacer el ‘check out’. Hay una bala que viene hacia ti y no vas a esquivarla”

P. El inexorable paso del tiempo está muy presente en la novela. ¿Cómo convive usted con su propio envejecimiento?

R.El otro día hablaba con Martin Amis por correo electrónico y los dos decíamos que somos bastante felices, y nos quejábamos de lo triste que es que, justo cuando aprendes a vivir, cuando le coges el truco, tienes que hacer el check out. Toda una serie de signos menores, desde un dolor en la espalda hasta la pérdida de pelo, están ahí recordándote que hay una bala que viene hacia ti y no vas a esquivarla. Así que más te vale utilizar bien ese tiempo que te queda.

P. La crisis de pareja de Fiona, la protagonista de su novela, sobreviene cuando Jack, su marido, solicita un último disparo. Un último affaire apasionado…

R.Veo que simpatiza usted con esa idea [risas].

P. Me preguntaba, en realidad, si era usted el que simpatizaba. Si cree que es justa su petición.

R.Digamos que me interesaba mucho culturalmente. Jack y su mujer no habían hecho el amor en siete semanas. Cuando estuve en Estados Unidos hablando con amigas de allí, me decían: “¿Siete semanas? ¡Eso no es nada!”. Y cuando hablaba con españolas o francesas, me decían: Fiona es una mala esposa, no está cuidando de su marido. Había diferentes visiones.

Ian McEwan junto a su casa, en Gray’s Inn, escenario de su nueva novela. / Ben Gibson-Cowan

P. Usted dijo que, cuando empezó a escribir, de lo que se trataba era de buscar una frontera y, entonces, derribarla. ¿Sigue sintiendo esa pulsión por transgredir?

R.No de la misma manera. En aquellos días me sentía mucho más interesado por lo sexual y lo neurótico. Estaba muy influido por Freud y por cómo la sexualidad puede definir el mundo. Hoy lo veo como un componente crucial, entre muchos otros. Atravesar fronteras, ser transgresor, está muy bien. Pero hay mucho que explorar dentro de esas fronteras, ahí dentro está toda la naturaleza humana.

P.Primer amor, últimos ritos, su primer libro de relatos se publicó hace ahora justo 40 años. ¿Lo ha releído? ¿Siente que aún le pertenece?

R.Sí, sin duda. Algunas partes las he releído con verdadero placer y hasta admiración. Otras me han irritado más allá de lo imaginable. Cosas técnicas, en toda una vida aprendes a escribir.

P. Parece disfrutar del éxito literario, no parece usted un ermitaño, al modo de Salinger o Pynchon.

R.No, no lo soy. Una de las muchas cosas buenas que Christopher [Hitchens] me dijo fue: “La felicidad es escribir a solas todo el día sabiendo que disfrutarás de una interesante compañía al caer la noche”. Creo que tenía toda la razón. Es maravillosa esa combinación de estar completamente absorbido por tu trabajo y, cuando llegan las siete o las ocho de la tarde, beber vino con amigos.

P. A usted le gusta mucho caminar. ¿Qué le aportan sus excursiones?

R.Es una manera de estar exactamente donde estás, lleno de placer en el momento inmediato. La conversación es una parte importante de ello. A veces, con mi mejor amigo de andar, subimos a una cordillera, con vistas impresionantes a ambos lados. Entonces, rodeados de belleza, abrimos una botella de vino. Siempre llevamos dos copas. Andar en un paisaje con dos copas llenas de buen vino tinto te hace sentir que el mundo es tu salón. Es delicioso.

He releído partes de mi primer libro de relatos con auténtico placer; otras me han irritado más allá de lo imaginable”

P. Usted es hijo de un militar y viajó por el mundo en su infancia siguiendo sus destinos. Esa experiencia de observar su país desde fuera y, a la vez, desde dentro, ¿tuvo que ver en su destino como escritor?

R.No lo sé. Es cierto que siempre fui como un outsider de la cultura británica. También tuvo que ver en eso el haber ido a un internado público un tanto experimental. La idea, ahora pasada de moda, era convertir a chicos de clase obrera en chicos de clase media. Era muy estimulante esa sensación de ausencia de clases. Esa combinación me proporcionó un vago sentimiento de exilio, una cierta distancia cultural. De joven trabajé seis meses de basurero en Camden, subido detrás de un camión. Y me di cuenta de que, entre la gente con la que comía el bocadillo en los descansos, el rango de inteligencias era igual que si estuviera en la universidad. Había estúpidos y gente brillante. Me hizo comprender cómo la suerte y el accidente del nacimiento determinan lo que es de ti.

P. Eso me recuerda a su encuentro reciente con su hermano, cuya existencia usted desconocía. Fruto de una aventura extramatrimonial de su padre con su madre, entonces casada con otro hombre, fue entregado en adopción. Cuando lo conoció hace unos años, él era un albañil con quien, a priori, usted no tenía mucho que ver.

R.Exacto. Y ahora que lo dice me hace sentir culpable, porque le debo un correo electrónicodesde hace un mes. Lo escribiré en cuanto usted se vaya. No lo tenía en mente, pero él es exactamente de lo que estoy hablando. Podría haber sido diferente. Pero odiaba el colegio y quería un trabajo. Era impaciente. Si se hubiera encontrado con el profesor inspirador adecuado, no tengo dudas de que podría haber hecho otra cosa. Pero ha sido feliz poniendo ladrillos, es muy bueno en ello. Uno no debe asumir que, si no es profesor de universidad, no se ha realizado.

P. En su casa no había muchos libros. Pero usted ha apuntado, en alguna ocasión, que parte de su vocación literaria pudo venir de su madre, que era una experta en preocupaciones…

De joven trabajé de basurero. Me di cuenta de que el rango de inteligencias era igual que en la universidad”

R.Tenía una imaginación prodigiosa para el desastre [risas]. Había un ritual cada vez que salíamos de casa. En cuanto estábamos lo suficientemente lejos, decía: “Me he dejado la plancha encendida”. Yo la acompañaba, veía cómo la desenchufaba, y aun así me preguntaba: “¿De verdad la he apagado?”. Supongo que la imaginación existe, ante todo, para hacernos anticipar desastres. Y ella era un gran ejemplo de eso. Mi madre siempre esperaba volver a casa y que no hubiera casa, solo una pequeña ruina, y todo por su culpa.

P. ¿Qué es la felicidad para usted hoy?

R.Estoy muy enamorado de mi mujer, y eso es una gran fuente de felicidad. Trabajar es una felicidad. La amistad, andar, jugar al tenis. Por primera vez en mi vida, desde que era un niño, poseo un perro. Eso es una fuente de felicidad y de interés absoluto. Ah, y otra fuente de placer es convertirme en abuelo.

P. ¿Lo es ya?

R.Mis hijastras tienen hijos, y mi hijo mayor y su mujer tienen un bebé de un año. Tener hijos ha sido una gran fuente de interés y placer. Me gusta mucho ser padre, me encantaba cuando eran niños, especialmente esa etapa mágica de los 6 a los 12 años. Luego pensé que todo iría cuesta abajo, pero me fascinó el proceso, no siempre fácil, de convertirse en adulto.•

La ley del menor. Ian McEwan. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 216 páginas. 17,90 euros.

http://www.theguardian.com/uk-news/live/2015/nov/05/million-mask-march-gathers-in-london-live-updates

Million Mask March protest underway in London - live updates

Thousands of people dressed in Guy Fawkes masks in Trafalgar Square are met by ‘significant policing operation’, including thousands of extra officers to tackle expected unrest

LIVE Updated 1m ago
Anti-capitalist protesters wearing Guy Fawkes masks take part in the "Million Masks March" in Parliament Square in London on November 5, 2014
Anti-capitalist protesters wearing Guy Fawkes masks take part in the “Million Masks March” in Parliament Square in London on November 5, 2014 Photograph: Jack Taylor/AFP/Getty

and

Thursday 5 November 2015 22.26 GMT Last modified on Thursday 5 November 2015 22.39 GM

 This year’s Million Mask March in London is pretty much wrapping up, so and we’re going to put the live blog to bed. No word on arrests other than the three made this afternoon by the Met, but more could follow this evening.
Thanks very much to Damien Gayle for his tweets from the scene. He will continue tweeting for a while yet at @damiengayle if you want more updates. Thanks again for reading.

14m ago22:25

Best to avoid the Westminster area if you’re driving in central London tonight.

18m ago22:24

Police push down towards Trafalgar Square from Charing Cross Road after their kettle became surrounded:

Updated at 10.26pm GMT

26m ago22:16

Boiling the kettle?

32m ago22:11

Time is well and truly up for protesters more than an hour after the protest was due to end.

38m ago22:05

Lucky escape from the kettle for the Guardian’s Damien Gayle on the scene

40m ago22:03

Officers continue with their efforts to curtail the protest in central London.

1h ago21:47

One protester tweets:

1h ago21:43

Police are closing off each corner of Trafalgar Square, Damien Gayle reports from the frontline:

1h ago21:34

As the crowd returns to Trafalgar Square, police are warning them that once they are inside they will not be allowed to leave.

Updated at 9.36pm GMT

1h ago21:22

Damien Gayle

One sizeable group of protesters is making its way through Soho a

Updated at 9.26pm GMT

Emagister

María Acaso, profesora de la Complutense, emplea una metodología disruptiva para acabar con las clases magistrales

María Acaso en un aula de la facultad de Bellas Artes María Acaso en un aula de la facultad de Bellas Artes. / Santi Burgos

El acceso a la facultad de Bellas Artes de la Complutense desconcierta. Tras rebasar una puerta metálica de color negro llena de grafitis, se ven varios bloques de taquillas cerradas con candados y cubiertas con todo tipo de mensajes. La atmósfera es anárquica y en nada se parece a otras estancias universitarias. La expresión artística e ideológica de los alumnos salpica también las paredes del centro. Parece que el espacio está tomado por los estudiantes. En cambio, dentro de las aulas, en las clases teóricas, los chicos atienden en silencio y sentados en sus pupitres las típicas clases magistrales habituales en otras facultades.

Muy pocos lo saben, pero en la primera planta, en el aula 116B, está teniendo lugar una micro revolución. En esta clase, la jerarquía profesor-alumno no existe. Las mesas están colocadas con las patas hacia arriba, cada uno busca su hueco y en uno de los extremos hay varios chavales sirviéndose café recién hecho o preparando un té. Aquí la evaluación no está en el centro del proceso educativo; el conocimiento no es unidireccional y los temarios se amplían con la suma del conocimiento de todos los presentes. La responsable de este cambio es María Acaso, profesora titular de Bases didácticas para la educación artística, una asignatura obligatoria para los alumnos de tercero que les adentra en el universo de la docencia.

Su método no es improvisado. Acaso, que lleva más de 20 años trabajando en la Complutense, acaba de publicar Esto no es una clase, una investigación que le ha llevado dos años y en la que propone una metodología disruptiva que se inspira en la de universidades como la School of the Arts Instute of Chicago o la noruega National Bergen Academy of the Arts, donde realizó varias estancias. El estudio de Acaso y sus colaboradores se basa en los resultados de las clases impartidas durante un cuatrimestre a dos grupos de estudiantes -61 en total- en el curso 2011-2012.

El objetivo de la docente es dar voz a los alumnos y motivarles hacia la búsqueda del conocimiento. “La Universidad se ha convertido en una fábrica de certificación donde el aprendizaje no sucede y todo conduce a sacar una nota”, critica Acaso, que además es coordinadora de la Escuela de Educación Disruptiva de la Fundación Telefónica. Considera que la Universidad está desconectada del mundo real y que se basa en el academicismo del siglo XIX. “Ahora el conocimiento no solo se produce en la Academia, sino en la Wikipedia, en las redes sociales y en las plataformas online”, defiende.

Alumnos de tercero de Bellas Artes trabajan en grupo. / Santi Burgos

Pone un ejemplo: toca hablar del rojo en el arte y en lugar de “aburrir” a los estudiantes con un Power Point, teclea en Google Drácula de Bram Stoker. El debate gira en torno al uso del rojo en esa película, pero a otra alumna le interesa contar su visión en la trilogía Tres colores: azul, blanco y rojo de Kieslowski.

Acaso apela a la libertad de cátedra como vehículo para la puesta en marcha de su propia metodología. Durante su investigación, las paredes del aula se cubrieron con obras creadas por los alumnos. Este curso, sin embargo, la profesora se ha topado con un obstáculo; la Complutense le ha prohibido que las paredes estén decoradas. Después de cada clase, el espacio debe quedar limpio y en orden, sin rastro de creatividad. "Es un despropósito, estamos en Bellas Artes", denuncia Acaso.

Son las cuatro de la tarde y nadie mira por la ventana o apoya su cabeza sobre las manos deseando que sean las seis para cargar su mochila y abandonar el aula. Al contrario, debaten concienzudamente sobre el sistema educativo, sobre el tipo de docencia que les gustaría impartir si finalmente deciden convertirse en profesores, un trabajo al que, según Acaso, se acaban dedicando el 90% de los licenciados en Bellas Artes.

“No quiero reproducir un sistema que siempre he odiado”, dice uno de los estudiantes. La mayoría coincide en que la comunicación unidireccional de profesor a alumno no es efectiva, que escuchar, tomar apuntes y después vomitar la información en forma de examen no les prepara para el mundo real ni les permite desarrollar su capacidad crítica. “Está claro que la educación en este país no ha avanzado al ritmo de la sociedad, todo se va modernizando y esto sigue igual”, opina otro.

“La clave de la educación del futuro es el índice de participación. Hay que buscar experiencias que les transformen, que les empujen a emprender proyectos reales fuera de clase y no a memorizar información y aprobar un examen”, explica Acaso. Su investigación prueba que una enseñanza “horizontal”, en la que la voz del profesor no es más válida que la de los alumnos, funciona. Su principal logro es que el 50% de los alumnos aseguró haber tenido una experiencia transformadora.

Parte de su revolución también pasa por el mobiliario. “La disposición actual de las aulas y el color verde ministerio de los muebles está creada para el inmovilismo, para escuchar y no actuar. Los chicos desconectan en cinco minutos cuando lo que tienen que hacer es trabajar en grupos”. Acaso apuesta por la ruptura de la estructura clásica del aula, con todas las mesas ordenadas en fila orientadas hacia la pizarra, para crear espacios propicios para el diálogo donde los estudiantes se mueven a sus anchas y se encuentran cómodos.

A las seis de la tarde la clase ha terminado. "Esta asignatura es una bocada de aire fresco”, dice Carmen De la Paz, estudiante de 20 años. “Aquí la disciplina te sale sola, te apetece llegar a casa y leer más sobre los temas que hemos tratado o mirar algunos vídeos". Los alumnos vuelven a colocar las mesas y las sillas como estaban. María Acaso recoge el termo, la cafetera y las tazas. Lo coloca todo en un antiguo carro y lo arrastra hacia su departamento, donde un hombre le lanza una dura mirada que parece de desaprobación. Nadie dijo que fuese fácil liderar una micro revolución en la enseñanza pública.

http://elpais.com/elpais/2015/10/13/videos/1444728614_127444.html

 

Imagen promocional de la campaña. / El Pais Vídeo (REUTERS/LIVE)

¿Son los consoladores más peligrosos que las armas?

Un grupo de estudiantes de la Universidad de Texas, en Austin, llevan consoladores a clase en protesta a la reciente ley estatal que permite portar armas en el campus

Imagen promocional de la campaña. / El Pais Vídeo (REUTERS/LIVE)

 

 

Un grupo de estudiantes de la Universidad de Texas, en Austin, llevan a clase, y exhiben en público, coloridos consoladores en protesta a la promulgación de una reciente ley estatal que permite portar armas en el campus (Open Carry Bill).

La campaña estudiantil que lleva el hashtag #CocksNotGlocks (penes no armas, en inglés), tiene como objetivo protestar y dar visibilidad a una polémica y evidente contradicción sobre la política de seguridad en universidades públicas del estado de Texas. Parece que en ese estado la ley permite portar armas en las universidades pero sus instiruciones penalizan a sus estudiantes por exhibir juguetes sexuales.

Efe Eme
Jueves, 08 de Octubre de 2015

Gail Zappa, in memoriam

8 octubre 2015 Autor:

gail-frank-zappa-08-10-15

 

La viuda de Frank Zappa murió este miércoles a los 70 años víctima de un cáncer de pulmón. Manuel de la Fuente, biógrafo del legendario músico en nuestro país, recuerda su importante papel como defensora del legado artístico de su marido al frente de la empresa Zappa Family Trust.

 

 

Texto: MANUEL DE LA FUENTE.

 

 

No era tan popular como Yoko Ono pero destacó como activista a favor de los derechos de los músicos. Lo aprendió de su marido, Frank Zappa, quien tampoco precisó de la fama de John Lennon para abanderar durante treinta años la oposición contra una de las causas más difíciles: la derechización de la sociedad norteamericana promovida por una clase política dedicada al saqueo del país. Gail Sloatman pasó a ser Gail Zappa a finales de los años 60, cuando conoció al hombre con el que compartiría infinidad de vivencias y proyectos. Fue un encuentro casual, que surgió para acompañar a una amiga que tenía una cita con un rockero. Será uno más del montón, pensó ella. Pero no. “Al día siguiente de pasar la noche con él, estaba la mar de contenta y no paraba de repetirme que era el hombre de mi vida, que no podía dejarle escapar”, recordaba ella con una amplia sonrisa y un brillo perceptible en los ojos. Frank falleció de cáncer en 1993 y, veinte años después, aún se le iluminaba la cara al evocarle.

Gail había estado en un segundo plano mientras Frank ejerció de torbellino vital y artístico. Le acompañó en cada una de las batallas, peleando contra toda la industria discográfica y la clase política que no soportaba a un músico que hacía lo que le daba la gana y que, de paso, luchaba por la dignidad de la profesión. En los años 80, cuando los republicanos de Ronald Reagan emprendieron una feroz campaña de censura contra la música rock, Frank Zappa peleó casi en solitario para que nadie pisoteara la libertad artística. Gail le ayudó diseñando la estrategia de respuesta, imprimiendo folletos y contribuyendo a que los músicos tuvieran voz y voto en un mundo cada vez más inhóspito, en una sociedad que veía con malos ojos que las canciones de rock celebrasen la música, el sexo y, en definitiva, la vida misma. ¿Quién era Frank Zappa?, le preguntaban constantemente. “Un compositor norteamericano que tenía muy clara la defensa de la libertad de expresión”, respondía ella.

Pero murió Frank y Gail tuvo que hacer frente ella sola a la labor titánica de gestionar una obra compuesta por más de setenta discos, una decena de películas, vídeos y miles de horas de ensayos y conciertos grabados. Problemas no le faltaron. Desde entonces y sin descanso fue recibiendo críticas de fans airados, que no terminaban de asumir que aquella mujer alegre, inteligente y respondona, hiciese lo que le enseñó Frank Zappa, esto es, ir a su aire y no rendirle cuentas a nadie. Pese a las críticas (minoritarias pero ruidosas), ahí están los resultados: más de veinte años después del fallecimiento de Frank, todos sus discos siguen en el mercado con ediciones actualizadas, además de haber publicado más de cincuenta nuevos discos con material inédito y siempre insistiendo en el mensaje: hay que actuar, no podemos consentir que los políticos de derechas le callen la boca a la ciudadanía. “¿Qué opinas de Obama?”, le pregunté en una ocasión. Torció el gesto: “Prefiero a Hillary, ella sí que vale la pena”.

Conocí a Gail Zappa a lo largo de los últimos años. Tras publicar un libro dedicado a la obra de su marido, titulado “Frank Zappa en el infierno”, le envié un ejemplar de cortesía. Me escribió sorprendida de que no me hubiera dirigido a ella para informarle del trabajo que había estado realizando y me prometió que lo leería. Pasado el tiempo, volví a ponerme en contacto porque habíamos pensado en traducir la autobiografía de Frank, publicada en Estados Unidos en 1989.

Ahí es cuando fui descubriendo a una persona preocupada de verdad por el legado de un músico fundamental en la historia del rock. En lugar de decir que cedería los derechos del libro sin más, se involucró desde el principio: quería saber cómo íbamos a hacer la traducción página a página. “Muchos traductores transmiten mal la voz del autor”, explicaba. Y también nos insistió en lo siguiente: “Tenéis que entender que las traducciones al francés y al alemán del libro son una porquería y no quiero que pase de nuevo”. Nos lo puso muy difícil. Después de meses y años de mensajes, largas conversaciones telefónicas, revisiones del texto y reuniones en Los Ángeles, en otoño de 2013 nos encontramos en Londres con ella Vicente Forés (amigo y compañero en la Universidad de Valencia, aparte de un magnífico traductor de Shakespeare), Julián Viñuales (el infatigable editor y amigo) y yo. “Me habéis convencido”, nos dijo, para nuestro alivio, nada más llegar. Y hablamos de música y política, como si hubiera estado allí Frank.

Pasamos los cuatro una tarde magnífica. Sonreía sin parar y recuerdo que, en un momento en que hablábamos de su marido, se quedó callada un instante, con la mirada perdida y la cabeza agachada. Fue sólo durante unos segundos, un destello del recuerdo de la persona a la que seguía echando de menos. “Tienes que venir a Valencia, te encantará”, le dije. “Claro”, respondió saliendo del ensimismamiento. “A finales de los años 80 estuve de vacaciones con mis hijos por España. En Toledo, recuerdo que unas gitanas se acercaron a Dweezil y empezaron a toquetearlo. Creía que lo iban a secuestrar. Me puse a gritar como una loca y el autobús no salió hasta que rescaté a mi hijo. Claro, con lo guapo que era entonces…”. “No, no, para nada, nuestro país no es así. Sería un malentendido”, intervinimos los tres al unísono. Hasta Mariano Rajoy habría estado orgulloso de nosotros.

Quedó la invitación pendiente. Seguimos hablando durante los meses sucesivos. Accedió a una entrevista, por primera vez, con un medio español. Fue para Efe Eme, precisamente. Y en octubre de 2014 el esfuerzo dio sus frutos: la editorial Malpaso publicó por fin “La verdadera historia de Frank Zappa”. El libro es una obra pionera, indispensable para conocer el pensamiento de aquel compositor que tantas veces se partió la cara para que los demás viviésemos en un mundo más habitable. Gail también se esforzó lo suyo y tuvo que aguantar a los mismos fans que muchas veces la criticaron y que ahora lamentan su muerte. “¿Sabéis por qué cargan contra mí?”, decía. “Porque era yo la que se acostaba con Frank Zappa y no ellos. Y quienes me critican son casi siempre hombres. No digo más. El problema lo tienen ellos”. Así, hablando clarito como su marido. Su claridad y su tesón han permitido que sigan vigentes la música y las enseñanzas de Frank Zappa. Muchas gracias por todo, Gail.

 

The Opinion Pages | Op-Ed Contributor

Shakespeare in Modern English?

By JAMES SHAPIRO  OCT. 7, 2015

Photo

Credit Kelly Blair

THE Oregon Shakespeare Festival has decided that Shakespeare’s language is too difficult for today’s audiences to understand. It recently announced that over the next three years, it will commission 36 playwrights to translate all of Shakespeare’s plays into modern English.

Many in the theater community have known that this day was coming, though it doesn’t lessen the shock. The Oregon Shakespeare Festival has been one of the stars in the Shakespeare firmament since it was founded in 1935. While the festival’s organizers insist that they also remain committed to staging Shakespeare’s works in his own words, they have set a disturbing precedent. Other venues, including the Alabama Shakespeare Festival, the University of Utah and Orlando Shakespeare Theater, have already signed on to produce some of these translations.

However well intended, this experiment is likely to be a waste of money and talent, for it misdiagnoses the reason that Shakespeare’s plays can be hard for playgoers to follow. The problem is not the often knotty language; it’s that even the best directors and actors — British as well as American — too frequently offer up Shakespeare’s plays without themselves having a firm enough grasp of what his words mean.

Claims that Shakespeare’s language is unintelligible go back to his own day. His great rival, Ben Jonson, reportedly complained about “some bombast speeches of ‘Macbeth,’ which are not to be understood.” Jonson failed to see that Macbeth’s dense soliloquies were intentionally difficult; Shakespeare was capturing a feverish mind at work, tracing the turbulent arc of a character’s moral crisis. Even if audiences strain to understand exactly what Macbeth says, they grasp what Macbeth feels — but only if an actor knows what that character’s words mean.

Two years ago I witnessed a different kind of theatrical experiment, in which Shakespeare’s “Much Ado About Nothing,” in the original language, trimmed to 90 minutes, was performed before an audience largely unfamiliar with Shakespeare: inmates at Rikers Island. The performance was part of the Public Theater’s Mobile Shakespeare Unit initiative.

No inmates walked out on the performance, though they were free to do so. They were deeply engrossed, many at the edge of their seats, some crying out at various moments (much as Elizabethan audiences once did) and visibly moved by what they saw.

Did they understand every word? I doubt it. I’m not sure anybody other than Shakespeare, who invented quite a few words, ever has. But the inmates, like any other audience witnessing a good production, didn’t have to follow the play line for line, because the actors, and their director, knew what the words meant; they found in Shakespeare’s language the clues to the personalities of the characters.

I’ve had a chance to look over a prototype translation of “Timon of Athens” that the Oregon Shakespeare Festival has been sharing at workshops and readings for the past five years. While the work of an accomplished playwright, it is a hodgepodge, neither Elizabethan nor contemporary, and makes for dismal reading.

To understand Shakespeare’s characters, actors have long depended on the hints of meaning and shadings of emphasis that he embedded in his verse. They will search for them in vain in the translation: The music and rhythm of iambic pentameter are gone. Gone, too, are the shifts — which allow actors to register subtle changes in intimacy — between “you” and “thee.” Even classical allusions are scrapped.

Shakespeare’s use of resonance and ambiguity, defining features of his language, is also lost in translation. For example, in Shakespeare’s original, when the misanthropic Timon addresses a pair of prostitutes and rails about how money corrupts every aspect of social relations, he urges them to “plague all, / That your activity may defeat and quell / The source of all erection.” A primary meaning of “erection” for Elizabethans was social advancement or promotion; Timon hates social climbers. The wry sexual meaning of “erection,” also present here, was secondary. But the new translation ignores the social resonance, turning the line into a sordid joke: Timon now speaks of “the source of all erections.”

Shakespeare borrowed almost all his plots and wrote for a theater that required only a handful of props, no scenery and no artificial lighting. The only thing Shakespearean about his plays is the language. I’ll never understand why, when you attend a Shakespeare production these days, you find listed in the program a fight director, a dramaturge, a choreographer and lighting, set and scenery designers — but rarely an expert steeped in Shakespeare’s language and culture.

A technology entrepreneur’s foundation is bankrolling the Oregon Shakespeare Festival’s new venture. I’d prefer to see it spend its money hiring such experts and enabling those 36 promising American playwrights to devote themselves to writing the next Broadway hit like “Hamilton,” rather than waste their time stripping away what’s Shakespearean about “King Lear” or “Hamlet.”

James Shapiro, a professor of English at Columbia, is the author, most recently, of “The Year of Lear: Shakespeare in 1606.”

A version of this op-ed appears in print on October 7, 2015, on page A27 of the New York edition with the headline: Modernizing the Bard?. Today's Paper|Subscribe

Salman Rushdie, la eterna polémica

Fue durante más de una década el enemigo público del islam radical. Él solo pudo defenderse con sus obras

Uno de los narradores vivos más relevantes explica, durante un encuentro en Nueva York con el escritor mexicano Álvaro Enrigue, por qué no se rinde ante la intolerancia y el odio

 

 

El escritor Salman Rushdie, en Nueva York. / Pascal Perich

Quién sabe qué razones tuvo Anis Khaliqi Dehlavi para cambiarse el nombre. Era un joven millonario de una familia de abolengo musulmán de Bombay y un estudioso serio del islam –aun si era militantemente ateo–. Antes de tener hijos, se llamó a sí mismo Anis Rushdie en honor de su filósofo preferido, Ibn Rushd, a quien los occidentales conocemos por la versión latinizada de su apelativo, dado que era cordobés: Averroes. El cambio de nombre resultó visionario, aunque el don profético de Anis no se manifestaría hasta la siguiente generación. Durante los 11 años que duró la fatwa que las autoridades iraníes impusieron sobre él, Salman Rushdie, el hijo de Anis, encarnó la defensa de los ideales seculares de la tolerancia y la libertad de expresión contra las definiciones solo religiosas del mundo.

Borges se preguntaba en El Golem si hay una rosa en las letras de la palabra “rosa”. ¿Está Salman en el apellido Rushdie? Como Ibn Rushd, el escritor inglés padeció una persecución desproporcionada por sostener una visión racionalista del mundo –Ibn Rushd fue traductor de Aristóteles–. Ambos fueron enclaustrados, ambos vieron arder sus libros en piras. Averroes recuperó la libertad en 1197 y dejó Al-Ándalus. Murió en el exilio en 1198. Salman Rushdie ha tenido mejor suerte; desde marzo de 2002 va libre y en paz por el mundo. Es un hombre alegre. Bastan unos minutos en su presencia para contagiarse del entusiasmo casi infantil con que ve las cosas.

Entrevisté a Salman Rushdie en la oficina de su agente, Andrew Wylie. Pudimos juntarnos para hablar durante los días de la canícula de la Costa Este de Estados Unidos, en los que hace tanto calor y la humedad es tal que altera la visión. Nueva York es, en esos días, un espejismo, en el peor sentido de la palabra: se ve toda como detrás de los humos de una turbina de avión.

Rushdie es un hombre de su generación. A pesar de la absoluta inclemencia del tiempo, llegó a la entrevista de camisa, saco y pantalones de lana –todo ligero, pero inaguantable en esos días–. Iba vestido con la formalidad con la que un escritor británico de su edad –68 años– habría asistido a una conversación pactada. Se quitó el sombrero y se sentó en el sillón principal de la sala en la que se han firmado los contratos más caros de la historia de la literatura. Fue hasta entonces cuando noté que los cimientos de su traje no correspondían al resto de su apariencia: llevaba unos zapatos tenis blancos masivos –tal vez la aportación de Nueva York a su look– y no traía calcetines. Es ahí abajo, en lo que está tan al principio que ya no lo vemos a menos que pongamos mucha atención, donde tal vez se defina todo. Rush­die parece lo que uno espera de él, pero de cerca está claro que no lo es. Me preguntó a qué equipo de béisbol sigo. Le dije que a los Orioles. “Entonces lamento informarte”, me dijo, “que somos rivales: soy fan de los Yankees”.

Antes necesitaba una arquitectura previa al concebir una novela. Lo que escribo hoy no responde a ningún plan general”

Cuando los personajes de Rushdie, –incluido Joseph Anton, el de sus memorias– recuerdan la India, tarde o temprano regresan al placer de jugar al críquet por la tarde en las calles de Bombay. Salió de su país de nacimiento a los 13 años, para acudir al colegio como interno en Inglaterra, y nunca volvió; estudió Historia en Cambridge, fue publicista en Londres, pertenece a una generación de escritores deslumbrante: Amis, Hitchens, Barnes, McEwan. Uno se puede esperar lo que sea de él, menos la más dulcemente gringa de todas las actividades: ver el béisbol todos los días, asistir al parque con frecuencia. “Adoro el béisbol”, dijo. “La experiencia del estadio es interesantísima, pero lo que de verdad me gusta es, al final de un día de trabajo, poner el juego de los Yankees y sentarme a verlo durante horas. Te descomprime, te vas quedando dormido, desenredándote”.

Es un hombre de estatura mediana, con el pelo ya muy ralo por la edad. Sus párpados caídos –son una condición, no un estado moral– lo ponen en situación de mirar con cierta distancia aun cuando está atentísimo a la conversación. No tarda nada en olvidarse de que es el autor en una entrevista para ponerse a platicar con soltura sobre esa cosa al final tan rara que es ser escritor: contar historias como profesión. “Es lo único que hago. Me despierto en la mañana, me siento y escribo durante el día. Veo a los amigos o el béisbol cuando termina mi jornada”. En ­Joseph Anton (2012), su autobiografía, ­Rushdie relata que, cuando era niño, su padre le contaba las fábulas e historias míticas de la vasta tradición literaria india. Y dice una cosa clave: que escuchándolas aprendió que las historias son de todos y están ahí para recomponerlas y contarlas como a uno le dé la gana.

Cuando conversamos le dije que Dos años, ocho meses y veintiocho noches, su nuevo libro que publica en España Seix Barral, no parecía producto de esas jornadas cartesianas que me describió. Es una novela muy novela, pero, como las Mil y una noches a las que se refiere su título, está compuesta por una serie de relatos fantásticos que rebotan, se atan y desatan, van y vuelven sin un orden convencional por el tiempo y la geografía. Lo pensó un poco y me dijo: “Es mi propia locura: lo que escribo no responde a ningún plan general. Cuando era más joven necesitaba una arquitectura bien trabajada antes de poder escribir una novela, porque si no me perdía. Ahora tengo unos personajes y unas ideas y los pongo en juego, veo adónde me llevan. Descubro el libro, en lugar de hacerlo antes de hacerlo”. La novela es, al mismo tiempo, una pieza de escritura literaria contemporánea, un libro de ciencia-ficción contado mil años después de los hechos que relata, y una colección de relatos sobre lo que sucedería si el mundo de los genios de Oriente se enconara contra la Nueva York de nuestro tiempo.

Rushdie se extiende hablando de las raíces de su método de trabajo con fruición infantil: “En India, las historias todavía son una versión de la historia. Hay contadores de historias que juntan a grandes cantidades de gente y cuentan cuentos de una manera muy poco convencional. Usualmente empiezan con una anécdota mitológica, que luego se conecta con un evento político contemporáneo, que radia hacia una historia personal, que puede llegar a transformarse en una cancioncita. No hay reglas. Cualquier cosa puede pasar en cualquier momento”.

El escritor indio Salman Rushdie. / Pascal Perich

Escuchándolo hablar entendí que en la manera de contar su nueva novela sí había un plan aunque no fuera evidente –es, al final, el británico con zapatillas de basquetbolista–. Lo que se despliega frente al lector es el cuento de la destrucción mítica de Nueva York, contada mil años después por uno de estos narradores. “Cuando hablamos del futuro”, me dijo, “hay una hermosa mezcla de lo que es sólido y lo que es líquido, así que pensé: si trato al presente como solemos tratar al futuro, nuestro presente adquiriría esa textura, sería nuestro presente y al mismo tiempo sería ficticio”.

Más adelante confirmó que no se ve a sí mismo como un escritor solo fantástico: “Kundera dice que la novela tiene dos padres: uno de ellos es la Clarissa de Samuel Richardson, y el otro, el Tristram Shandy de Laurence Stern. Yo vengo de dos tradiciones: las fábulas mágicas del Este, pero también fui un estudiante de Historia. Lo que me interesa es juntar ambos caminos”.
Dos años, ocho meses y veintiocho noches comienza en Lucena, en la España del siglo XI, donde Ibn Rushd, ya viejo, vive exiliado en una comunidad judía que se pretende conversa al islam. Ahí es visitado un día por una adolescente que se queda con él cumpliendo las funciones de ama de casa y amante.

Rushd era el epítome de la racionalidad en su tiempo, así que nunca se dio cuenta de que Dunia, la mujer con la tuvo decenas de hijos, era una yiniri, una genio. Mucho menos sospechó que, cuando 900 años más tarde comenzara la Era de la Extrañeza y los yinn malos y buenos regresaran al mundo, serán los descendientes mestizos del filósofo y Dunia los que podrán negociar la persistencia del mundo tal como lo conocemos. Uno de ellos, el señor Gerónimo, jardinero de Long Island, absolutamente ignorante no solo de que es descendiente de Averroes, sino de que es idéntico a él, es también la primera víctima del sentido del humor salvaje con que atacan los yinn: a partir de cierta mañana ya no puede hacer su trabajo porque ha sido abandonado por la gravedad. Camina, duerme y se sienta unos cinco milímetros por arriba de la superficie de contacto.

Hay mucho del propio Rushdie en el señor Gerónimo, obligado a lidiar con la intolerancia de los yinn; algo de esos zapatos tenis gigantes en la flotación de su personaje. “Mi vida”, dice, “siempre se ha caracterizado por el movimiento, he estado en muchos lugares. A veces envidio a esos escritores que han pasado toda su vida en un solo sitio y lo conocen magníficamente. Faulkner trabajó con un pedacito de terreno. Me interesan las cosas con raíces profundas, pero al final tienes que trabajar con lo que tienes, y lo que a mí me fue dado como artista es lo opuesto, una vida que ha sucedido aquí y allá. Parte en India, parte en Inglaterra, parte en Estados Unidos. Me ha dado otras posibilidades y las uso”.

Salman Rushdie es la celebridad literaria por excelencia: ha sido, tal vez, el escritor más famoso del mundo durante toda mi vida profesional, que, debido a esa movilidad de locos que invocó en nuestra conversación, lo ha rozado siempre. La primera fiesta literaria realmente glamurosa a la que fui invitado –una cena en casa de Carmen Boullosa, hace poco menos de veinte años, a la que asistió todo el radical chic de la Ciudad de México– lo tenía como invitado central. Por entonces todavía estaba protegido por un aparato de seguridad intimidante. En la fiesta, el escritor británico pasaba de grupo en grupo a la velocidad de un ángel. Yo, que probablemente nunca he hablado con un escritor extranjero, no me atreví a acercarme. Lo vi muchas veces después de esa primera, en distintas ciudades del mundo, y siempre me pareció que se movía demasiado rápido para atraparlo. O tiene un talento natural para desplazarse por el mundo como una celebridad, o ha pertenecido durante tanto tiempo a la camarilla mínima de los autores más famosos del mundo que ocupa los espacios centrales a los que es difícil acercarse con naturalidad porque siente que debe estar en ellos.

Mi vida se ha caracterizado por el movimiento. Envidio a los escritores que pasan toda su vida en un solo sitio y lo conocen magníficamente”

En el último Hay Festival de Xalapa lo vi leer una conferencia en un auditorio inmenso y repleto; lo vi en la cena del Consejo Británico, al mero centro de una mesa tan larga que ocupaba todo un patio del restorán. Luego, en el cóctel de la editorial mexicana Sexto Piso –siempre la fiesta más rumbosa–, estaba ocupando una mesa que hubiera sido apropiada para el señor Gerónimo: estaba tal vez un metro por arriba de todas las demás.

Cuando conversé con él en la oficina de ­Andrew Wylie, insistí solo en el tema de la movilidad. “Voy muchísimo a España”, me dijo. “Voy mucho. Es por eso que tantos paisajes de mis novelas están ahí. Son sitios en los que he estado en persona y en mis libros porque el periodo árabe de España ha sido siempre muy interesante para mí”. Carmen Boullosa recuerda haber viajado con él a Cholula y ­Oaxaca, haber visitado más sitios arqueológicos de los que se podría recordar. Él mismo me contó de una viaje a Tequila, Jalisco, que hizo con Carlos Fuentes. Entornó los ojos justo antes de arrancarse con la historia y prefirió guardársela: “Acabamos muy mal”. Conoce Nicaragua a la perfección, habla de Buenos Aires con familiaridad.

Aproveché el momento para preguntarle sobre su relación con la literatura latinoamericana: Carlos Fuentes está presentísimo en su Hijos de la media noche (1980); García Márquez es la figura totémica que respira debajo de la decisiva Los versos satánicos (1988) y la más reciente Dos años, ocho meses y veintiocho noches. “Una de las cosas que siento sobre Latinoamérica como lugar, pero también como casa literaria, es que tiene muchas similitudes con India”, dijo. “Ambas son regiones que padecieron un sistema colonial fuerte, en ambos casos una lengua europea se desarrolló de manera vigorosa, la religión es importantísima, tienen problemas políticos similares. Son regiones con diferencias abismales entre ricos y pobres, y la vida en la villa y la ciudad es diametralmente distinta. Recuerdo que cuando empecé a leer literatura latinoamericana tuve un shock de reconocimiento. Son mundos parecidos también en el hecho de que la literatura se mueve libremente por ambas regiones”.

En todas las ocasiones en que vi a Rushdie antes de poder hablar con él, me pareció un hombre potente, ubicuo, cinético, enganchado en lo que estaba haciendo con todo su vigor. Durante los años en que Rushdie fue el presidente del Festival de Voces del Mundo del PEN en Nueva York, este pasó de ser una reunión de lectores con curiosidad sobre las literaturas extranjeras a una maquinaria que detiene la ciudad una semana al año. Es además un hombre con un entrenamiento mediático perfecto. Cuando le pregunté cómo veía su condena a muerte a 15 años de su cancelación, me respondió con cortesía tan exquisita como tajante: “Una de las cosas buenas de escribir mis memorias fue quitarme al mono de encima: no tener que volver a hablar de esos años. Puse 600 páginas sobre la mesa: si alguien quiere ­hablar de eso, que vaya a esa ventanilla”. Sabe dirigir, perfecta y gentilmente, un conversación.

Hace unos meses lo vi esperando para cruzar la garita de entrada a Estados Unidos en el aeropuerto JFK. Estábamos ambos en la triste fila de residentes en el país que ameritan una segunda inspección. Son filas lentas y él no sabía quién era yo, así que lo pude estudiar con cierta impunidad. Ahí, solo y borroso, me pareció, por primera vez, un hombre ya mayor al que le pesaba seguir arrastrando una maletita escuálida y un blazer arrugado. Tal vez este perfil se empezó a cocinar ahí: era más viejo de lo que yo pensaba y estaba cansado, pero tenía una vida interior mucho más vasta que la de los pasajeros que lo rodeaban. No miraba al vacío. Murmuraba, hacía pequeños gestos. Claramente, estaba pensando, tal vez discutiendo con un interlocutor ausente.

Salman Rushdie. / Pascal Perich

Rushdie es un hombre que se ha pasado la vida dando guerra. Su crítica al Gobierno y figura de Indira Gandhi en Hijos de la media noche produjo una demanda por difamación de la primera ministra. Recientemente se enzarzó en una polémica brutal contra media República de las Letras neoyorquina, defendiendo un premio que la organización PEN les entregó a los supervivientes del ataque terrorista a Charlie Hebdo. Cuando a pocas horas de la fatwa con la que el ayatolá Jomeini reclamó su vida por considerar blasfemo un episodio de Los versos satánicos, su primera declaración en una entrevista televisada fue: “Ojalá hubiera escrito un libro mucho más crítico”.

Esa habilidad para meterse en problemas viene de una valentía cuando menos notable: habla de lo que le da la gana con una claridad supina, igual cuando se está refiriendo a la agenda política de los otros que cuando habla de su propio trabajo o el de sus colegas. En nuestra conversación me dijo al paso, por ejemplo, sobre Roberto Bolaño: “Fue muy majadero con García Márquez y fue muy grosero conmigo, así que estoy prejuiciado contra él”. La implicación de la frase era que no se iba a molestar en leerlo. Su crítica del otro autor de moda en nuestros días es mucho más ácida y divertida –hablábamos de la victoria absoluta del realismo en la literatura inglesa e hispana–. Dijo: “Todo está homogenizado. Estamos ante la victoria de Knausgård, esta autoficción que consiste en contar cómo lavas la ropa”.

Sospecho que Rushdie se ve a sí mismo como un sobreviviente, pero no por la obviedad de haber librado una fatwa particu­larmente encarnizada y persistente, sino por su devoción a un tipo de escritor más comprometido con la literatura que con el diseño de su propia persona, más diligente para opinar de asuntos políticos urgentes que para entregar un relato enano y exquisito, escritores con ambiciones extraordinarias. Un tipo de autores que tal vez ya no existan, o que salen tan caros que el aparato editorial global mejor se lo ahorra. Desde que la muerte se llevó a Günter Grass, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, Rushdie tal vez se sienta un poco solo –me pregunto si sería con sus fantasmas con los que discutía en JFK–. Habla de ellos y de Kundera con un respeto que no le concede a nadie más. Sus libros pueden gustar o no, pero no se puede decir de él que sea irrelevante.

“Cuando estaba creciendo, en Inglaterra”, dijo, “hubo un cambio de humor y mi generación se benefició de eso, de una urgencia por leer cosas nuevas. Durante 20 años fue así y de pronto algo pasó y volvimos al realismo más bobo”. A veces le brillan los ojos detrás de los párpados dormidos. Entonces habla el Rushdie más profundo, el del principio. No el historiador británico, ni el neoyorquino que ve el béisbol por las noches, sino el niño de Bombay que escuchaba, alucinado, las historias míticas que le contaba su padre: “Pero hay una cosa que he aprendido de la literatura”, concluyó, “y es que es cíclica”. Y se rio, como poseso de una picardía supernatural, prima hermana de la de los ángeles y genios que pueblan sus libros.

Cuando nos despedimos me preguntó con ansiedad notable por la traducción de su novela al castellano. Le dije que estaba muy bien, aunque era un libro difícil. Anotó, cerrándose los botones del saco como si afuera no hicieran 40 grados: “Lo raro es que, mientras más viejo, el momento de lanzamiento se vuelve más y más preocupante”. Insistí en que Javier Calvo, su nuevo traductor al español, había hecho un muy buen trabajo. Se puso el sombrero. “La traducción al inglés también es bastante buena”, respondió.

elpaissemanal@elpais.es

Rushdie: “La libertad de expresión está siendo atacada y hay que defenderla”

El escritor angloindio presenta en Madrid su novela 'Dos años, ocho meses y veintiocho noches'

Salman Rushdie terminó el día hablando de su pasado y de su futuro como escritor: de Fellini y de Buñuel como los creadores que determinaron su vida literaria y de que su narrativa seguirá más por la ficción pura que por la no ficción. Eran las 8.56 de la noche, cuando terminaba la conversación con Antonio Muñoz Molina, tras recibir la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, por su entrega literaria y su postura ante la libertad de expresión.

El día había empezado casi once horas antes. A las 10.09 Salman Rushdie entró en el salón del hotel en Madrid, lo cruzó sonriendo en una lluvia de clicks de cámaras fotográficas, fue a donde le indicaron los fotógrafos, se apoyó en una barandilla, posó y miró como le decían: “aquí”, “ahora a este lado”… y la idea que hay suya en el imaginario de la gente empezó a derrumbarse.

El hombre laureado por obras como Hijos de la medianoche (1980) y perseguido por Los versos satánicos (1988) durante 11 años, escondido y huido de la muerte por una fatwa dictada por Jomeini, se muestró tímido, amable, cercano, muy educado, contento. Treinta minutos después empezó a hablar de uno de los motivos que lo trajo a Madrid: Dos años, ocho meses y veintiocho noches (Seix Barral). Es una obra de ciencia ficción que condensa su vida literaria con una temática inspirada en el presente más controvertido del mundo, en el porvenir de la humanidad cercada de amenazas, con el aliento de Las mil y una noches y el aura del realismo mágico.

Aunque Rushdie (Bombay, 1947) cuente la verdad y la realidad como ficción, esa realidad y aquel pasado que quiere olvidar se empeñan en perseguirlo. El gobierno iraní se lo ha recordado esta semana. Ha expresado a la organización de la Feria del Libro de Fráncfort su descontento por que el escritor angloindio sea el encargado de la conferencia inaugural, el 14 de octubre, y ha pedido a los periodistas de su país y a quienes quieran escucharlo que no asistan.

- No tengo nada que decir al respecto. Si no quieren venir que no vengan, pero yo voy, dice el novelista por toda respuesta cuando en el salón prácticamente queda solo él.

Salman Rushdie vuelve con Dos años, ocho meses y veintiocho noches a sus orígenes como narrador; allá por 1975 cuando con 28 años debutó con Grimus. Fábula y toques de ciencia ficción. Solo que en esta novela se libra una batalla entre “la razón y la sinrazón”, hasta que mil años después la humanidad alcanzará la felicidad.

Como la que sintió el día anterior en el Museo del Prado al ver, otra vez, las pinturas de Goya.

No es una lucha del bien y del mal. Es una especie de batalla entre la razón y la sinrazón. Es una discusión muy humana, y que sucede también dentro de nosotros mismos”

El periplo por los temas de su novela y de su posición frente a la realidad empieza en un carrusel de ideas ante las preguntas de los periodistas que asisten a la rueda de prensa:

“Esta novela es una manera sencilla de describir un mundo que ha ido mal. Es una comedia, una comedia gris, pero comedia”.

“No soy excesivamente optimista de que la humanidad alcance pronto la felicidad como la descrita en la novela. El libro acaba más alegre de lo que creía”.

“El humor puede ser el mejor ataque en este mundo tan amenazado”.

“La gente se sorprende de que escriba libros con humor, y parece ser que este es mi libro más gracioso”.

Salman Rushdie no quiere hablar mucho de cuando vivió cercado por aquel miedo liberado por Jomeini contra él. Ya lo contó en Joseph Anton. Memorias, su anterior libro. Quien quiera saber de aquellos días allí encontrará todo.

“Esta nueva novela es una reacción a la autobiografía. Me fui a otra esquina emocional".

Siempre he admirado la ciencia ficción. Es un gran vehículo para transmitir ideas. He tardado 40 años en dar la vuelta. Pondría mi novela con la etiqueta de fantasía”

“Sin duda esta novela está influenciada por eventos de la actualidad. El motivo por el que está escrita así es que quería que fuera más que un eco de lo que vemos en la televisión. Quería decir algo más universal”.

“No es una lucha del bien y del mal. Es una especie de batalla entre la razón y la sinrazón. Es una discusión muy humana, y que sucede también dentro de nosotros mismos”.

“Esta eliminación de la cultura por parte de los fanáticos es propia de ellos. Una de sus características es su no gusto por la cultura y las artes. Siempre ha sido así en todas las épocas”.

“Un ensayista estadounidense decía que el puritanismo es el miedo de que alguien pueda llegar a ser feliz. Así el placer se convierte en un acto revolucionario”.

“La libertad de expresión es lo que hace posible el arte”.

“La libertad de expresión está siendo atacada y necesita ser defendida. La mejor manera de hacerlo es ejerciéndola. Escribir lo que hay que escribir; dibujar lo que hay que dibujar”.

“En esta vuelta a mi origen, con Grimus, subyacen las historias con las que me crie. El principio subyacente es el mismo, otra manera de contar la verdad”.

“Siempre he admirado la ciencia ficción. Es un gran vehículo para transmitir ideas. He tardado 40 años en dar la vuelta. Pondría mi novela con la etiqueta de fantasía”.

“Los nacionalismos han sido peligrosos. El nazismo y lo ocurrido en la antigua Yugoslavia son un ejemplo. Pero tengo visiones diferentes. Depende de cómo se asuman”.

“Estoy feliz de haber vuelto a la ficción, es donde me quiero quedar”.

“La ficción es un lugar peligroso. (…). No siempre lo que hay ahí es verdad. Aunque puede generar verdades de la naturaleza humana”.

Después de 76 minutos de rueda de prensa, Salman Rushdie se sentó en un sofá y empezó las entrevistas individuales. Hacia la una y media de la tarde terminó. Se levantó y respondió ante una cámara para un vídeo de EL PAÍS temas como:

“Simplemente creo que el humor es algo muy civilizado. Reírse de uno mismo es uno de los aspectos centrales de cualquier civilización. Los seres humanos aburridos nunca tienen sentido del humor. Los tiranos tienen un mundo sin humor...".

"No tengo nada que decir al respecto. Si no quieren venir que no vengan, pero yo voy".

Se refería al boicot que quiere hacerle el gobierno iraní en la Feria de Fráncfort. Ya no quedaba casi nadie en el salón al que había llegado casi cuatro horas antes.

A las 19.50 recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y empezó el diálogo con Antonio Muñoz Molina:

“Fellini y Buñuel tienen más que ver por cómo me hice escritor y con mi literatura que cualquier otro autor”.

“En esta novela me confíe más que nunca a la improvisación”.

“Lo más importante es que un escritor es tener un buen detector de mierda de tu propia escritura”.

“Siempre me ha gustado infringir las fronteras culturales. Hay que conocer los ambientes de los que se va a escribir”.

“Hay dos clases de novelas: una de todo y otra de casi nada. Esta es de todo”.

“¿Qué por qué el sueño de querer ponerlo todo? Porque somos muy arrogantes”.

“El personaje ficticio más peligroso es Dios”.

“Hay que tener cuidado con lo que deseas. Si el sueño es un mundo decente, sin problemas, puede ser aburrido. Quizá ese es el problema del ser humano: que no queremos lo que queremos”.

“Hemos perdido algo importante en la literatura, y es ese pacto con el lector de la suspensión de la incredulidad”.

“Cuando usas tu verdad para escribir, luego no sabes que es verdad y que no”.

“En mi futuro como escritor no iré hacia la no ficción. Estoy contento de volver a la ficción”.

Eran las 20.56. El diálogo terminó y Salman Rushdie salió a firmar ejemplares de su novela.

Holocausto con humor (y amor)

Martin Amis logra risas con su manejo de la sátira en una novela distinta en un campo de exterminio

Fábrica de armamento nazi en el campo de concentración de Dachau, donde trabajaban judíos. / AP
  • Enviar
  • Imprimir
  • Guardar

“Si lo que estamos haciendo es bueno ¿por qué huele tan mal?”, se pregunta uno de los personajes de la nueva novela de Martin Amis (Swansea, 1949). Un trabajo que viene, como es ya de rigor mediático, con la polémica necesaria para que no pases las hojas de cultura a golpe de bostezo. Una controversia que, una vez leído el libro, uno no acaba de entender. La Zona de Interés ha sido elogiada en Gran Bretaña y EE UU como la vuelta del mejor Amis. Cierto, aunque el peor Amis siempre suele ser más que el mejor de muchos otros. En 1991 con La flecha del tiempo ya entró, aunque fuera de modo indirecto, en este territorio del Holocausto. Aquí lo pone frente a nosotros de una manera fascinante y ese uno de los logros.

El drama es un escenario. Las víctimas son el tema, el problema, los miembros del coro que nunca pierden la dignidad por mucho que los protagonistas de la opereta bromeen, les insulten o les vejen. Ni siquiera la pierden cuando la maestría en el uso de la sátira y la comedia negra de Amis te hace sonreír y hasta divertirte. Eres consciente de que ese tipo está haciendo fácil lo que es casi imposible. Comicidad sobre una de las barbaridades más execrables de la historia. Complicidad costumbrista sobre el estrés laboral de gente que ya no sabe cómo liquidar a tantos hombres, mujeres y niños. Hacer desaparecer sus cadáveres. Erradicar de una maldita vez ese pestilente olor a carne, grasa, entidad subhumana gaseada y quemada. La clave es que no te ríes del dolor de las víctimas. No te entretiene ese drama. Sino que te lo coloca de fondo, distante al principio y que, poco a poco, te va calando como una lluvia que no notas. Sin épica, como un escenario de muertos que regresan a la vida (ya que la maquinaria asesina no da abasto: siempre hay muchos más), un walking dead judío, que tiene mucho de bosque de Birnam. A ratos, el libro recuerda aquel momento de Una noche en la Ópera en el que Harpo va cambiando los fondos de escenario mientras un cantante declama un aria a su amada. El tono no es el de esa comedia desenfrenada, pero sí, en ocasiones, de nave de locos porque quizá desde la imposibilidad de entender lo que pasó solo pueda uno convencerse de que aquello pasó.

La novela tiene tres voces, tres protagonistas, que ponen en marcha la narración de manera eficaz desde la primera página. Tenemos a Golo, joven oficial que llega a un Campo de Exterminio con el objeto de que la maquinaria sea más rápida, más limpia y definitiva. Tenemos al comandante Paul Doll, borracho, grotesco, mezquino y, otra muesca en el talento de Amis, creíble. Golo, una suerte de Valmond en pieza a ratos Lubitsch, se prenda y luego se enamora de la mujer de su comandante. La tercera voz es para Szmul, uno de esos judíos que hacían de vigilantes de sus hermanos y colaboradores de los nazis. El vodevil bien manejado por su autor, el diseño de las escenas en esos escenarios terribles, sobreimpresionados, los problemas del día a día, del trabajo, la noción de que la maquinaria debía seguir porque solo llevada hasta la Solución Final cabrá un armisticio con la Historia.

Los personajes masculinos siempre humanos, comprensibles, tremendos, cómicos, deleznables están gestionados por su autor con un perfecto dominio del oficio. Personajes contrapuestos a los femeninos, una amplia paleta que incluso en lo más abyecto, en lo más estúpido no dejan de ser víctimas, o fuego amigo de una tormenta generada por la violencia de padres, maridos, amantes, comandantes, dioses laicos pero siempre hombres. Mujeres que con unas pinceladas —la representación del ballet, el aborto, la valentía de Hannah— te dan emoción, verdad. Todo ello, con la satisfacción lectora de la próxima derrota –la acción se sitúa en 1942-1943-. La sensación de que los acorralados son los que acorralan, los carceleros, los matarifes los que han perdido el alma, la capacidad de amar, de tener esperanza presos de una paranoia que los va ahuecando la humanidad, como si fueran cáscaras vacías.

Tienen que ganar de una manera absoluta porque su derrota, de acaecer, será absoluta, ignominiosa, sin parangón. Serán matarifes, cobardes, basura, no carlomagnos ni napoleones. Ya no hay Dios, no hay bien ni mal, sólo actos que resultan positivos y otros no. Y ellos no consiguen ni exterminar a una raza desarmada, rota y engañada. El capricho, luego amor, de Golo por Hannah Doll no podrá ser, pero al menor les generará valor, la necesidad de verse en los ojos del otro y gustarse. Pero, claro, sigue oliendo mal allí porque no cabe la generosidad en ese amarse, hacerlo en un Campo de Exterminio, en un régimen totalitario, sin libertad, injusto, sin esperanza.

La novela abandona poco a poco el tono de sátira hacia un final de decepción sentimental. Un final bien orquestado, lógico y cerrado por su autor pero que deja un regusto a que el último fondo de escena que ha dejado colgado Harpo Marx podía ser el acertado para que saludaran los actores pero no para un último acto de una comedia negra. El tono hubiera sido demoledor sin por ello no dejar de estar controlado como en todo el libro por Amis con esos amantes, después de la guerra, que no pueden amarse porque no saben olvidarse. Martin Amis cambia el dial y pone otra emisora. La música sigue siendo excelente pero es otro tono, otra pieza, otra suite. Con todo, es de las pocas ­anotaciones en el ‘debe’ que podría señalar de esta novela rápida, distinta, literaria, divertida al mismo tiempo que siempre indagatoria. O como dice Golo Thomsen, “¿Quién eres? No lo sabes. Entonces llegas a la Zona de Interés y ella te dice quien eres”.

La zona de interés / La zona d’interès. Martin Amis. Traducción de Jesús Zulaika y Ernest Riera. Anagrama. Barcelona, 2015. 307 páginas. 19,90 euros.

Los amores verdaderos de las hermanas Brontë

Ángeles Caso recrea en una novela las pasiones de Charlotte, Emily y Anne, y da luz sobre cómo las sublimaron en sus obras

¿Quién dijo que las hermanas Brontë no se enamoraron?

La bruma sobre el milagro literario que protagonizaron Charlotte, Emily y Anne entre 1846 y 1847, en su casa rodeada del viento frío a orillas de los páramos y del cementerio de Haworth, se despeja cada vez más. Allí, en esa casa del condado inglés de West Yorkshire, vivieron y en ese breve lapso escribieron algunos de los clásicos universales del Romanticismo: Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey.

Contrario a lo dicho, “sus novelas estarían basadas en sus experiencias amorosas y en la educación intelectual que recibieron con la complicidad del padre, el reverendo Patrick Brontë”. Lo recuerda Ángeles Caso, luego de investigar varios años el misterio de las Brontë y de tener en cuenta los últimos hallazgos e hipótesis de expertos. A partir de ahí, la escritora, expresentadora de televisión y licenciada en Historia del Arte, novela la vida de esa familia bajo el título de Todo ese fuego (Planeta).

Recreación de Charlotte, Emily y Anne Brontë, en su casa de Haworth. / Album / Granger, NYC

Un rompecabezas armado de piezas conocidas, semiescondidas, nuevas y otras falsas desmontadas. Sobre todo las de amores no correspondidos a los que dieron salida al final de sus días en sus obras. Todo ese fuego es una imagen casi completa de las tres hermanas rodeadas de desdichas, donde la lectura y la escritura se convirtieron en su salvación.

Para empezar, “eran hijas del Romanticismo, lectoras y herederas de autores como Walter Scott y Lord Byron”, afirma la autora.Fue la propia Charlotte quien contribuyó a esa leyenda gris que las ha rodeado siempre. Lo hizo en 1850, cuando ya habían muerto sus dos hermanas, en el prefacio de la tercera edición de Jane Eyre. “Como ellas primero publicaron, en 1846, un poemario conjunto bajo seudónimos masculinos que conservaron un año después con sus novelas, trató de explicar esa decisión y salvar la imagen pobre que habían dado ante la mala acogida de Cumbres borrascosas y Agnes Grey. Dijo que eran mujeres buenas pero muy victorianas, con una cultura nada sofisticada y pocos intereses intelectuales. Las hizo pasar por pueblerinas y un poco ignorantes. ¡Todo lo contrario!”, advierte Ángeles Caso. Una idea que se afianzó con la biografía de Charlotte Brontë hecha por Elizabeth Gaskell, dos años después de la muerte de la autora de otras obras como Emma, Shirley y El profesor.

Las Brontë llegaron al mundo en rosario de desdichas. Hijas de un reverendo, su madre murió dejando seis hijos de 6, 5, 4, 3, 2 y 1 años. Todas mujeres, salvo el cuarto, Branwell. Bajo él, aspirante a escritor, vivieron eclipsadas porque representaba las esperanzas de la familia. Pronto las dos hermanas mayores murieron.

Charlotte hizo pasar a Emily y Anne por pueblerinas y un poco ignorantes. ¡Todo lo contrario!. Una idea que se afianzó con la biografía de Charlotte Brontë hecha por Elizabeth Gaskell

“Una tía muy honesta pero falta de cariño y ternura las crió”, recuerda Ángeles Caso. Y luego la escritora aclara un malentendido: “Su padre les inculcó la cultura, la lectura y la reflexión, un hecho muy avanzado para la época. Ellas trabajaban en los quehaceres del hogar y se buscaron luego la vida como profesoras o institutrices. Pero al final de la jornada llegaban a casa a leer y a escribir a escondidas. La literatura fue su refugio”.

Con una vida empeñada en arrinconarlas, Charlotte, Emily y Anne vivían en un mundo paralelo, mientras veían cómo su hermano se desbarrancaba hacia el infierno con una botella de licor en la mano. Tras varios intentos por reconducir el destino, Charlotte descubrió unos poemas de Emily. Entonces les propuso a sus hermanas publicar un poemario conjunto. Emily se resistió, pero al final accedió con una condición: hacerlo bajo seudónimo. Así, en el verano de 1846 nacieron Currer, Ellis y Acton Bell. El libro fue bien recibido. En medio de esa primera alegría, Charlotte lanzó una segunda propuesta: que cada una escribiera una novela.

…Y empezó el milagro, dice la escritora. En esa casa de piedra y madera, en la orilla del viento y el cementerio, las tres transfirieron sus secretos y frustraciones pasionales a…

Jane Eyre, donde Charlotte narra el amor no correspondido que vive en Bruselas con su profesor de francés, que era casado; solo que en la novela su esposa muere. Así es que Jane Eyre y él alcanzan la felicidad. La firmó como Currer Bell.

Cumbres borrascosas, donde Emily cuenta la historia atormentada de Heathcliff y Cathy, reflejo del “más que probable amor adolescente con Robert Clayton”, un muchacho pobre y asilvestrado con quien jugaba en los páramos de Haworth. Después de que su padre la enviara a un internado, el chico murió, el 14 de diciembre de 1836. La investigadora Sarah Fermi, explica Caso, “dice que su poesía vive un cambio: deja la alegría y se torna oscura al escribir sobre la muerte del amado. Hay un poema con las iniciales R. C.”. La firmó como Ellis Bell.

Agnes Grey, donde Anne recrea sus vivencias en diferentes trabajos, mientras resuena su relación con William Weightman, coadjutor de su padre, fallecido pronto. Anne Brontë luego escribiría otra novela muy avanzada para la época, La inquilina de Wildfell Hall, sobre el derecho de una mujer casada a separarse de su marido maltratador. La firmó como Acton Bell.

En otoño de 1847 las tres novelas llegaron a las librerías. Solo Jane Eyre triunfó. Charlotte se negó a seguir escribiendo. Anne insistió. Un año después, las dos hermanas pequeñas murieron con 30 y 29 años, respectivamente. Charlotte reveló la verdad de la autoría. Y llegó gloria con la bruma alrededor de sus vidas, como la felicidad de sus amores y pasiones secretas y negadas en aquellas tierras borrascosas.

Los 150 años de 'Alicia en el país de las maravillas' reafirman su condición de voraz agujero negro rebosante de significados

Ilustración de Eva Vázquez

Los 150 años de Alice’s Adventures in Wonderland, de Lewis Carroll (conocida entre nosotros como Alicia en el país de las maravillas, donde el territorio asciende o desciende a nación), no hacen otra cosa que potenciar su condición de voraz agujero negro. Su luz no es la de una lejana estrella muerta, sino la de un Big Bang que no cesa. En las oníricas y pesadillescas idas y vueltas de Alicia al mundo subterráneo —y, seis años después, en su secuela espejada— se pone en evidencia una y otra vez que allí dentro todo entra; que no hay interpretación que no le quepa; y que su encanto y delirio son perfectamente asimilables por toda moda desde entonces y para siempre.

La niña inmensa o empequeñecida en perpetua batalla contra una monarca loca fue creada por el inglés y escritor y matemático y fotógrafo y diácono anglicano Charles Lutwidge Dodgson (alias Lewis Carroll) durante una excursión en bote entre Folly Bridge y Godstow, la "tarde dorada" del 4 de julio de 1862 (aunque los registros meteorológicos de la fecha reportan que era un día frío y lluvioso). Carroll la invocó para divertir a la muy fotogénica Alice Pleasance Liddell y hermanas. Se las contó en voz alta y clara; pero a la mañana siguiente ya estaba escribiéndola. Y la tuvo lista en 1864 para, en una hoy desaparecida versión más breve y de su puño y letra, obsequiársela a la niña de sus ojos antes de Navidad. Al poco tiempo, por motivos nunca aclarados —¿un beso robado?, ¿una desconcertante petición de matrimonio?—, los Liddell rompen toda relación con Carroll y destruyeron la correspondencia del visitante con su hija. A finales de 1865 —tres años después de esa primera línea en la que se nos informa que Alice estaba muy cansada y sin nada que hacer, y que le irritaba el libro que leía su hermana mayor porque no "tenía conversaciones ni ilustraciones"— ya todos sabían quién era la viajera soñadora de ese libro tan conversado e ilustrado.

Para finales del siglo XIX, cuando Carroll muere célebre y adinerado, Alicia… ya era un clásico indiscutido aunque inclasificable

La primera impresión fue algo tibia y bastante desconcertada (sin embargo, fueron unánimemente celebrados los grabados de John Tenniel). Pero para finales del siglo XIX, cuando Carroll muere célebre y adinerado, Alicia… ya era un clásico indiscutido aunque inclasificable y G. K. Chesterton celebraba su llamado a la anarquía en un paisaje reprimido y estrecho de miras y de miradas. "Me alegra que mis libros produzcan placer, pero no son una lectura muy saludable", diagnosticó en una carta el propio Carroll, acaso ya inquietado por todo el merchandising generado por su criatura, incluyendo toallas, modelos para armar, cuadros y postales, canciones de cuna.

Como todos los greatest hits de su género, Alicia… es un libro falsamente infantil ("No son libros infantiles, son libros que nos convierten en infantes", precisó Virginia Woolf en su introducción a la obra completa de Carroll). Un agujero sin fondo rebosante de significados y claves que van desde el juego de palabras, pasando por el problema ajedrecístico-matemático, hasta la sátira política más irreverente. Alicia…, también, está inevitablemente adelantada a sus tiempos y anticipa la interpretación freudiana, la visión surrealista y la alucinación psicodélica que llevaría a Carroll a ser uno entre tantos en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles (aparece junto a Marlene Dietrich y T. E. Lawrence), y a los Fab Four a alicificarse sin pudor ni disimulo en su visita a la Pepperland de Yellow Submarine.

Alicia… es, además, uno de los grandes fetiches de la era victoriana que insiste en un tema clave de la época: el descubrimiento de la infancia como territorio (recién por entonces los niños comienzan a ser niños tal como lo son hoy, abren sus puertas los grandes imperios jugueteros, la clase media impone la unidad familiar moderna alentada por una reina revolucionaria y planificadora social) y la obsesión por la eterna juventud y la exploración aventurera e imperial del mundo (es sabido que el capitán Scott se llevó ambas Alicias… al círculo polar ártico). Así, Alicia junto a Drácula, Dorian Grey, Ayesha, Peter Pan: figuras totémicas que de algún modo ya anuncian a todos esos traviesos dandy-rockers químicamente insomnes y sonámbulos que no hallan satisfacción alguna y que esperan morir antes de llegar a viejos. Seres casi míticos que no sólo se resisten a la supuesta hermosura de la arruga, sino que se rebelan contra la idea de dejar de jugar por verse obligados a irse a la cama.

Douglas-Fairhurst relata un momento terrible y, sí, formidable: el encuentro entre Wonderland y Neverland. El día en que Alice Liddell junto al inspirador de Peter Pan  inauguran una librería en Oxford Street

Desde entonces a Alicia la honran —y la suceden y no la superan y la mantienen por siempre joven y locuaz— películas mudas y parlantes, dibujos animados, mangas y cómics (uno de los enemigos de Batman es el Sombrerero Loco), canciones y álbumes (títulos de Jefferson Airplane, Tom Waits, Marilyn Manson, Bill Evans, Bob Dylan, Chick Corea, videoclips de Aerosmith y Tom Petty y muchos otros se nutrieron de ella), parodias y secuelas (a destacar la de Hugh Munro, Saki), gastronomía experimental, musicales y ballets, fantasías steam-punk, videojuegos y juegos de rol, reescrituras nazis, apropiaciones de Salvador Dalí y pinturas de Balthus, estatua en el Central Park y parques temáticos, y guiños de James Joyce, André Breton, Jorge Luis Borges, Gilles Deleuze, Paul Auster, Agatha Christie, Jeff Noon y Vladímir Nabokov, quien la tradujo al ruso como Anya antes de —con modales muy carrollianos— dar a luz a su propia nínfula Lolita.

Los fuegos artificiales por el siglo y medio de edad ya han disparado toda una batería de homenajes (una exposición de manuscritos y fotografías en la Morgan Library de New York) y reediciones varias. Entre las que se cuenta una bonita pero innecesaria encarnación especialmente para la Vintage Classics por la ya histórica punki-modista Vivienne Westwood (quien aporta un prólogo feminista-ecológico-anticapitalista combativo un tanto fuera de lugar pero acorde con los disparates a continuación), así como una imprescindible nueva aproximación al fenómeno de la niña fenomenal.

Primera adaptación cinematográfica de 'Alicia en el país de las Maravillas' de 1903.

En el recién aparecido The Story of Alice: Lewis Carroll and the Secret History of Wonderland (Belknap Harvard), Robert Douglas-Fairhurst (quien ya había deslumbrado a la altura de otro reciente centenario, en 2012, con su Becoming Dickens: The Invention of a Novelist, donde repasaba los preliminares del hombre que sería titán y especialista en la creación de otros niños en problemas) no deja naipe sin marcar, taza de té sin servir, gran huevo sin romper, sopa de tortuga falsa sin sorber o gato sin sonreír.

En su exhaustivo pero nunca extenuante estudio, Douglas-Fairhurst tiene el mérito de reordenar todo el material conocido hasta la fecha (desde posibles antecedentes hasta certeros descendientes, nutriéndose de la ya canónica biografía de Morton Cohen, de las ediciones anotadas de Martin Gardner o del análisis del fenómeno fandom a cargo de Will Brooker) y su método recuerda a esos personajes interrogadores que la niña rubia que se dice: "Cuando crezca escribiré un libro sobre mí" encuentra sentados sobre una gigantesca seta o encaramados en la rama de un árbol. En resumen: si hay que leer un solo libro sobre Carroll y Alice y Alicia…, aquí está y ojalá se traduzca pronto. Porque en él Douglas-Fairhurst se dedica a fundir y a confundir y finalmente a destilar el producto del encuentro entre Carroll y Liddell. Así, Alicia es un ser mixto, hecho de pedazos, frankenstiano. Una cruza de dos vidas verdaderas como territorio donde se alza un mundo imposible. Y uno de los atractivos de The Story of Alice es el análisis del impacto que produjo en los lectores el enterarse de que había una Alicia "verdadera". Semejante impacto, según Douglas-Fairhurst, resultó en una suerte de crack metaficcional y una fascinación con la exniña que tuvo, para la involuntaria heroína, un efecto entre fascinante y desgastador. La última foto que le toma Carroll, cumplidos sus 18 años, fechada el 25 de junio de 1870, muestra a una Alice de mirada hastiada y rictus amargo. Más tarde, Alice fue cortejada y perseguida en vano por el escritor enloquecido John Ruskin (adorado por Proust, autor de la muy extraña y vanguardista "biografía autodestructiva" Praeterita) y por Leopold, hijo del príncipe de Gales. Pero Alice —quien en 1880 se casó con el muy decente y muy opaco y muy adinerado Reginald Hargreaves— ya no era de nadie porque era de todos.

"No son libros infantiles, son libros que nos convierten en infantes", precisó Virginia Woolf en su introducción a la obra de Carroll

Los muchos retratos de una Alice en Nueva York, en 1932, de gira por el Nuevo Mundo por el centenario de Lewis Carroll y obligada —por problemas económicos— a repetir en conferencias, una y otra vez, su recuerdo alterado para la ocasión de su génesis ficticio en aquella tarde embotada, la revelan con rostro como de sonámbulo: una persona maravillada que ya ha sido abducida por su personaje maravilloso. Y que, a la hora de la necrológica, dos años después, sería glosada con un Muere Alicia, la del país de las maravillas. Alguien cuya parte más importante de su vida tuvo y tenía y tendría lugar entre páginas. Para entonces, los libros que ella ayudó a escribir ya son —junto con la Biblia y Shakespeare— los más citados de la lengua inglesa.

Poco antes de eso, Douglas-Fairhurst relata un momento terrible y, sí, formidable: el encuentro entre Wonderland y Neverland. El día en que Alice Liddell junto al inspirador de Peter Pan y sus malhadados —el editor Peter Llewelyn Davies— inauguran una librería en la londinense Oxford Street. Cuenta Douglas-Fairhurst que uno y otra se miran cómplices pero no se dicen gran cosa (aunque ese cruce de mitos haya generado toda una obra de teatro de John Logan estrenada en 2013). Una carta de Liddell a una amiga habla de "cansancio y nerviosismo" y poco más. Llewelyn Davies se arrojó a las vías del metro en 1960 y, sí, su obituario no se privó de titular El niño que nunca creció ha muerto.

Las sospechas de pedofilia que persiguieron a Carroll y a Barrie todas sus vidas y sus muertes —concluye Fairhurst— fueron infundadas. Puede que ambos se sintieran atraídos por niñas y niños; pero sus intenciones fueron siempre sentimentales, no sexuales. Y, siempre, muy fantasiosas. Lo que les enamoraba no eran los niños per se, sino el idioma y los actos de los niños. Si de algo cabe acusárseles es de haber corrompido y utilizado a pequeños para moldearlos y modelarlos como gigantes que pueden reducir su tamaño y nunca jamás ser adultos.

G. K. Chesterton celebraba su llamado a la anarquía en un paisaje reprimido y estrecho de miras y de miradas

La reciente Alice de Tim Burton —de la que ya viene una secuela— consigue una última y perturbadora redención: allí, impresionado por su afán aventurero, lord Ascot toma a un agrandada Alicia como aprendiz de a bordo en el trazado de las rutas oceánicas hacia la exótica y maravillosa China. Allí, Alice transformada en loba feroz y entrepeneur colonialista y explotadora más que lista para librar las llamadas guerras del opio. Y allí, seguro, recordando a esa enorme oruga fumadora que la aconseja mediante las más difíciles de las preguntas (hay más de 150 interrogantes a lo largo de todo el libro) sin respuesta. Una de ellas es, por supuesto, "¿Quién eres?". A la que Alicia responde con un "¿Quién soy? No puedo explicar quién soy, porque yo no soy quien soy".

Y, leyendo a Alice, nosotros tampoco.

Para formular respuestas así es que se ha inventado esa gran pregunta que es la gran literatura de todos los tiempos y para todas las edades en tardes doradas.

Esa literatura que, desde niños, nos ordena Cómeme y Bébeme.

Y nosotros —lectores muy bien educados— obedecemos; pero sabiendo que allí abajo o al otro lado del espejo siempre podremos ser como queramos y hacer siempre lo que quisimos.

'The Brandenburg Beckett': the last living link to German theatre's golden age

He has been called ‘the German Orson Welles’ and carries the torch of political theatre lit by Bertolt Brecht. As Edinburgh prepares to stage Man to Man, his play about a woman forced to pass as her husband, the great writer Manfred Karge talks about class war, capitalism and why Hitler films are boring

Tilda Swinton in John Maybury's film adaptation of Man to Man.
Tilda Swinton in John Maybury’s film adaptation of Man to Man. Photograph: BFI

It’s late afternoon, the matinee performance has just finished, and tourists are now swarming round the legendary Berliner Ensemble theatre, looking straight through the old man drifting about in checked shirt and tracksuit bottoms, unaware that he’s the last living link to the golden era of German stage. Only a few budding actors stop, whisper and stare in awe at Manfred Karge and his great silver mane.

Karge, now 87, has been called “East Germany’s Orson Welles” or “the Brandenburg Beckett” – though those aren’t comparisons he is comfortable with. “Don’t get me wrong,” he says, as we take our seats in the theatre’s sweltering beer garden, “I wouldn’t want to compare myself to Beckett. As a playwright, I was always the opposite. Beckett knew exactly how he wanted his plays to be performed. Mine don’t even have stage directions.”

Given such a lack of authorial ego, it seems even more remarkable that, when Karge eventually departs the stage for good, he’ll leave behind at least one of the great modern classics of European theatre. Man to Man was originally written in the summer of 1982 as a favour to Lore Brunner, Karge’s Austrian partner, a veteran ensemble-player who had always wanted a solo piece. An urban legend, relayed by a friend, served as the premise: in the middle of Weimar Republic-era depression, Ella Gericke assumes the identity of her deceased husband Max in order to hold on to his job as a crane operator, precariously manoeuvring around a world of sweat, machismo and cheap liquor.

Poster for the Traverse production of Man to Man starring Tilda Swinton.
Poster for the Traverse production of Man to Man starring Tilda Swinton.

Only years after the play had premiered in Bochum, in December 1982, did Karge receive a newspaper cutting in the post that showed that his play was in fact based on a true story: the real Ella had managed to keep up her act for a total of 12 years. “And I thought I had merely been claiming the privilege of literature to show her deception as such a perfect act.”

A 1987 production of the play, at the Traverse in Edinburgh, launched the career of Tilda Swinton: her cross-dressing masterclass in a film version five years later led to Sally Potter casting her in Orlando. Man on Man lived on even after Brunner died in 2002: by Karge’s own reckoning, it has been performed “on nearly every continent”, with new productions currently showing in Stockholm, Amsterdam, Johannesburg, Budapest and Istanbul.

Margaret Ann Bain in Man to Man.

Margaret Ann Bain in Man to Man, which will be at the Edinburgh festival this month. Photograph: Polly Thomas

And there’s another new adaptation opening this week at the Edinburgh festival. In the 1980s, part of the appeal of Karge’s monologue was that it breathed new life into a dying genre: working-class theatre. “Almost all of the 15 plays I have written are about little people,” he says. “I have never been interested in the lives of kings and queens. All those films about Hitler, they just bore me: we all know the Nazis at the top were pigs. To me, the most interesting thing about the Nazi period is how the working-class people coped.”

In Ella Gericke’s case, coping with National Socialism requires the same cold-hearted pragmatism that led her to assume her husband’s identity. In one scene, the dialogue describes the grey walls of a cell: we assume Gericke has been caught out and ended up in prison – until we realise that she is not the prisoner, but the guard. To dodge the draft, Karge’s cross-dressing anti-hero has joined the Nazis’ paramilitary arm, the SA.

But while Man to Man is unmistakably a play about working life, it rises above kitchen-sink realism, mixing working-class slang with expressionist poetry and Goethe quotation, all the while pursuing a question that remains relevant even in 2015: if human beings under capitalism are solely defined by their employment status, does their gender, personality, and emotional life matter at all? Bertolt Brecht’s short story The Job, based on the same true-life story as Man to Man, puts it succinctly: “Woman became man within days, via the same route that man had become man over the course of millennia: the process of production.”

Can you still make plays about working-class struggles when your paying audience is made up of a much wealthier segment of society? “The middle classes,” says Karge, “are interested in these struggles because they always worry about losing their status and slipping down the pecking order. But, of course, it is a problem for playwrights interested in working-class life that we don’t always have the audience we wish for. It was different back when the Berliner Ensemble first opened. You had whole factory brigades or school classes going to the theatre. A ticket used to cost 1.50 East German marks. Now people pay €40.”

Brecht has been a constant presence in Karge’s career, even though the two men never met. Born in the Brandenburg region in 1938, Karge was talent-spotted by the playwright’s second wife Helene “Helli” Weigel while still at drama school and asked to join the cast at the Berliner Ensemble, where he stayed for an initial nine-year stint, then returned for good in 1993. Originally set up by the administrators of the Soviet-occupied zone to invigorate East Berlin’s cultural life, the theatre became a militant bastion of Brechtian philosophy after his death in 1956: a cultural temple dedicated to preserving the idea of epic theatre, which maintained that audiences should not be fooled into empathy by the empty trappings of realism, but jerked into critical reflection, if not action.

Manfred Karge in Berlin.

Manfred Karge in Berlin. Photograph: Matthias Horn

If one were to believe the ensemble’s outgoing director, that original spirit is currently more under threat than ever, particularly by the kind of postmodern showmanship that many veterans fear will be imported to the city by the new head of Berlin’s experimental Volksbühne theatre, ex-Tate Modern director Chris Dercon. “We are currently witnessing European theatre’s Waterloo,” Claus Peymann recently told German weekly Die Zeit, “and sadly Germany has become the main battlefield.”

Karge is decidedly less terrified. The strict rules of epic theatre may have been what first attracted him to Brecht, but he found breaking them easier than many people do now. In his first year at the ensemble, he and a friend convinced Weigel to let them put on Brecht’s opera Rise and Fall of the City of Mahagonny, only to find that the Songspiel version he wanted to stage had been lost in the archives. So Karge simply wrote a “Brecht-sounding” script around the songs and put on the show, only confessing the extent of his poetic licence to Weigel after the premiere had been a success.

In the late 1960s, Karge and some others left because they felt the theatre was interpreting its founding father’s work too literally. They began practising Brechtian theatre – but without Brechtian plays – at other venues around Germany, as the playwright’s relatives were withholding performance rights. Brecht’s theatre, Karge says, has always been less about theorising than about boiling things down to basics. “What I learnt from Brecht is that every performance starts from zero. Brecht never tried to confuse people – he wanted to tell stories and be understood.”

He goes on: “I still notice a difference between actors who started out in West Germany and those who were trained in the East. The western actors are often trying to express their inner state: their acting is less about telling a story than discovering yourself. In the east, our training was much more focused on technique.” Even now, he says, members of the audience come up to him after shows to praise him for his elocution.

Is Brecht’s idea of epic theatre still relevant? “It is – because the subjects Brecht was interested in are still alive. That’s not necessarily good news for Brecht: he might have been happy to find out that the problems he was interested in are no longer around. If there was no more capitalism, Saint Joan of the Stockyards wouldn’t need to be performed. But it’s all still here, that’s the mad thing. We are going in circles. The excesses of capitalism aren’t dying down – they are getting worse and worse. And until that stops, Brecht remains relevant.”

Man to Man is at Underbelly Potterrow, Edinburgh, 5-31 August

Se publica la edición del Don Quijote más completa en sus 400 años

Aparece una edición crítica que fija la novela de Cervantes que abre mil puertas a esta obra maestra. Dos volúmenes en los que han participado más de medio centenar de expertos y escritores

Madrid 23 JUN 2015 - 17:39 CEST
Miguel de Cervantes Don Quijote, en uno de los grabados de Gustave Doré.

 

“…y llegado el determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan”. Y 410 años después esa orden de Don Quijote salta a la vida real para que se descubra su propia obra: acaba de ver la luz un Quijote para todo el mundo, con más de 150 miradas, puertas y rutas que se abren para entrar en el universo del más ilustre caballero andante.

Atolladeros, tuertos, escollos, embustes y malentendidos son salvados y esclarecidos en la nueva edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, como nunca se ha visto. Más, más de medio centenar de especialistas, eruditos y escritores amantes de este clásico universal han caído bajo su hechizo, dirigidos por el filólogo y académico Francisco Rico. Han creado una obra que ilumina y analiza cada frase de Cervantes y estudia cada paso del Caballero de la Triste Figura con el objetivo de fijar la obra, “aunque nunca podrá existir una versión definitiva”.

Es una puesta al día con las técnicas más modernas cuyo resultado es la revisión de casi un centenar de pasajes más próximos al original o a lo que quería decir Cervantes y el cambio de docenas de palabras que dan un nuevo sentido o visión de esos episodios.

El académico Francisco Rico, con el estuche de dos volúmenes de El Quijote coordinado por él durante 21 años. / carlos rosillo

Es el homenaje que la Real Academia Española (RAE), junto con el Instituto Cervantes y la Obra Social ‘la Caixa’, rinden a esta obra maestra en los 400 años de la publicación de la segunda parte en otoño de 1615 (editada por Espasa y Círculo de Lectores). Se trata de una aventura fascinante en dos tomos: a la lectura de la historia del caballero y su escudero ininterrumpida la acompañan las notas a pie de página, cuyo territorio se ensancha, completa y complementa con la mirada que expertos y escritores ofrecen de los 129 capítulos y prólogos. Es un Quijote de 1.345 páginas con anotaciones, y 1.967 de estudios, anexos, mapas y grabados.

Es un Quijote poliédrico para el siglo XXI, para todos los tiempos y edades.

El texto cervantino como tal, asegura el profesor Rico, está bajo la edición rigurosa de todos los instrumentos de la filología moderna que han facilitado un acceso lo más cercano posible al original. Se han analizado la caligrafía de Cervantes, los mecanismos de la imprenta en la publicación y futuras correcciones y añadiduras del propio autor y siguientes impresiones contrastadas con el original.

Decenas y decenas de correcciones y aclaraciones que ofrecen nuevas y reales lecturas. Cambios pequeños y grandes que hacen realidad el dicho de que Dios y el diablo se escondén en los detalles. Desde la frase conocida que dice: “Suelen hacer el amor con ímpetu”, cuando lo correcto es: “Suele nacer el amor con ímpetu”. O “La tempestad de palos que sobre él vía”, cuando lo correcto es: “La tempestad de palos que sobre él llovía”.

La nueva edición se abre con la publicación de un hallazgo de 2008 y que nunca se había impreso porque desde su primera edición se refundió: la aprobación por parte de la censura. “Donde poco más o menos”, cuenta Francisco Rico, “vienen a decir que le perdonan la vida y se puede imprimir”. En su dictamen dice: “porque será del gusto y entretenimiento al pueblo, a lo cual en regla de buen gobierno se debe de tener atención. Allende de que no hallo en él cosa contra policía y buenas costumbres”.

Su presentación ha sido este martes en el salón de actos de la RAE con asistencia de público donde se imbricaron la vida de Cervantes, la historia e importancia de la novela y la edición crítica. Darío Villanueva, director de la Academia: “Es una edición monumental con todos los elementos necesarios para comprender esta obra universal”.

Jaume Giró, director gerente de la fundación bancaria 'la Caixa’, entidad impulsora de la colección Biblioteca Clásica de la RAE: “El Quijote es una obra audaz y moderna, popular y erudita. De ella dijo Borges que era el libro infinito porque todos lo estamos reescribiendo y nadie termina de escribirlo”. Soledad Puértolas, escritora y académicas: “Es una novela que nuca de ja de ser nueva que resiste y se enriquece con todos”. Santiago Muñoz Machado, académico: “Los tres momentos clave de las ediciones del Quijote en la RAE son las de 1780, 1863 y está con un texto depurado y una edición enciclopédica”. Y Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes y honorario de la RAE: “El Cervantes está feliz de que este Quijote encuentre acomodo en la Biblioteca Clásica de la Academia”.

Constituye una antología única de la mejor crítica cervantina de nuestros días y, al correr paralela a una anotación asentada en el sentido literal, da una óptima idea de la inagotable riqueza del libro y de la multiplicidad de enfoques a que se presta”.

Se refería García de la Concha que esta es una edición que empezó su andadura en 1994 cuando el Cervantes encargó a la Academia un Quijote indicado para su público en todos los lugares del mundo donde iban a estar sus sedes. Un Quijote más informativo que interpretativo sin ofender a los conocedores de la novela. Desde entonces, el coordinador ha sido el profesor Rico. La primera edición apareció en 1998 bajo el sello de Crítica. La segunda en 2005 con motivo del cuarto centenario de la publicación de la primera parte y ahora esta, ampliada y renovada en un estuche con dos volúmenes: en el primero la novela cervantina con una serie de instrucciones y en el segundo estudios complementarios que incluyen los análisis de los expertos y escritores sobre cada capítulo, desde los fallecidos Martín de Riquer y Claudio Guillén, hasta Javier Marías, Alberto Manguel y Javier Cercas, pasando por Roger Chartier o Jean Canavaggio. El segundo volumen se cierra con una serie de mapas y planos de la obra y una galería de ilustraciones de una treintena de artistas de todos los tiempos.

La suma de esos comentarios, en la sección Lecturas el Quijote, asegura Rico en el libro, “constituye una antología única de la mejor crítica cervantina de nuestros días y, al correr paralela a una anotación asentada en el sentido literal, da una óptima idea de la inagotable riqueza del libro y de la multiplicidad de enfoques a que se presta”.

Uno de los malentendidos más universales lo aclara Rico en el prólogo de esta edición: “¿Es plausible que el Quijote naciera en la mente del autor como 'invectiva contra los libros de caballerías'? Más razonable parece entender que la novela 'se engendró' cuando Cervantes, 'en una cárcel', entrevió las características esenciales del protagonista, un hidalgo trastornado por la lectura de las fábulas caballerescas y dispuesto a remedarlas en la España de Felipe II, y no porque el escritor se propusiera en primer término desacreditarlas y a tal fin forjara luego el personaje de Don Quijote”.

Es parte de la riqueza de una obra, que cobra vida por sí misma. Pasados cuatro siglos la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué tiene el Quijote que fascina a toda clase de lectores y críticos? “El punto de partida decisivo”, dice Rico, “tuvo que ser aquel en que el autor vislumbró la imagen del héroe, y el éxito inigualado del Quijote viene de la fascinación que desde siempre ha ejercido su singular humanidad. Don Quijote "es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos" (II, 18), "que, fuera de las simplicidades que dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo; de manera que como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen entendimiento. Pero nadie deja tampoco de encandilarse por igual con el Don Quijote loco, desaforado, grotesco, y con el Don Quijote inteligente, sensato e irreprochable. Uno y otro despiertan pareja simpatía, y el deleite que produce la obra consiste principalmente en el ir y venir del uno al otro, entre las acciones nacidas de la locura y las palabras inspiradas por la lucidez”.

Los expertos explican lo que explican y los lectores piensan lo que piensan, pero pareciera que el propio Miguel de Cervantes ya daba la clave de esta edición, cuando en el capítulo VIII de la segunda parte, dice: “Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora se llegaba se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y llegado el determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan”.

Presentación de la edición crítica de El Quijote, en el Salón de Plenos de la RAE, coordinada por el filólogo y académico Francisco Rico. De izquierda a derecha: Santiago Muñoz Machado (académico), Víctor García de la Concha (Director Instituto Cervantes), Darío Villanueva (director RAE), Jaume Giró (Director Fundación Bancaria la Caixa) y Soledad Puértolas (escritora y académica). / carlos rosillo

Magna Carta: leaders celebrate 800th anniversary of the Great Charter

Queen is joined by top officials in the place where King John was forced to seal historic document that underpins modern democracy and human rights

The Queen and David Cameron attend a ceremony at Runnymede to mark the 800th anniversary of Magna Carta

Monday 15 June 2015 14.33 BST Last modified on Monday 15 June 2015 17.22 BST


Royalty returned to Runnymede 800 years after a group of rebellious barons forced a medieval king to put his seal on a historic document that established the foundations of parliamentary democracy, human rights and the supremacy of law.

Eight centuries after the sealing of Magna Carta by King John in a boggy meadow on the banks of the Thames in Surrey, the Queen joined thousands on Monday who had travelled from around the world to stand in that field to mark the anniversary with a ceremony heavy on symbolism, speeches and flags.

In a written message, the 89-year-old monarch, patron of the Magna Carta Trust, said: “Runnymede is an ancient and resonant meeting place and it is fitting that we should assemble again here where the Great Charter was sealed 800 years ago.

“The story of the British monarchy is intertwined with that of Runnymede and Magna Carta. The values of Magna Carta are not just important to the United Kingdom and the Commonwealth, but across the world. Its principle are significant and enduring.”

The site is now a National Trust park, but Runnymede was originally chosen as the agreed venue because the boggy ground prevented either the king or his barons from bringing their armies for battle.

This time, the sovereign arrived without military backup but to a new fanfare, specially composed by John Rutter and sung by Temple church choir, whose London base served in 1215 as the London HQ for the beleaguered king.

Her Majesty was invited to unveil a plaque by the master of the rolls, Lord Dyson, who has in the past described Magna Carta as “a curious hotch potch”.

Magna Carta – or the Great Charter, a Latin translation that famously eluded David Cameron during a 2012 appearance on David Letterman’s talkshow in the US – has formed a cornerstone of fundamental liberties over eight centuries.

Addressing the crowd, the prime minister, who has advocated Britain’s withdrawal from the European convention on human rights and replacing the Human Rights Act (HRA), said Magna Carta had altered “forever the balance of power between the governed and government”.

He added: “What happened in this meadow 800 years ago is as relevant today as it was then. It’s remaining copies may be faded but its principles shine brighter than ever.”

In Britain, the good name of human rights had sometimes been “distorted and devalued”, he said. “It falls to us in this generation to restore the reputation of those rights and their critical underpinning of our legal system. It is our duty to safeguard the legacy, the idea, the momentous achievement of those barons. And there couldn’t be a better time to reaffirm that commitment than an anniversary like this.”Amnesty International UK’s head of policy and government affairs Allan Hogarth said Cameron’s use of the anniversary of Magna Carta to justify scrapping the HRA would “have those 13th-century barons spinning in their highly-ornate, lead-lined coffins”, adding: “Any move to scrap the Act would be a real blow for human rights in this country and around the world.”

It took the Americans to erect the first memorial of stone pillars on the spot where King John was forced to acquiesce to the demands of his rebellious barons. Installed in 1957 by the American Bar Association (ABA) and rededicated on Monday, the stone honours a document that travelled across the Atlantic with the Pilgrim Fathers and became the inspiration for the US constitution.

The US attorney general, Loretta Lynch, joined the ABA president, William Hubbard, for the rededication. Lynch, fresh from her with battles with Fifa, told those gathered: “While the hands that wrote Magna Carta have long been stilled, the principles they carved out of the struggles of their day and the struggles of the human condition live on.”

That it had taken Americans to first honour Runnymede was understandable, said Conservative MP Jacob Rees-Mogg, who was among the guests. “Americans understand our history much better than we do ourselves because they see it from afar and see how important it is, while we’ve grown comfortable with it. It takes the outsider to see that this is really remarkable.”

Magna Carta was hugely important, he added. “The historians and the judges who say, ‘Oh Magna Carta, its not really a serious document and all it does is stop you from putting in weirs to catch eels,’ I think they are wrong because they don’t see the bigger picture of how important it’s become in our national legend.”

Joining the ABA memorial was a new public artwork – 12 burnished bronze chairs by sculptor Hew Locke, entitled The Jurors – which was inaugurated by the Duke of Cambridge. “It is inspired by clause 39, giving rights to trial by jury,” Locke said of the work, which references Nelson Mandela, Pakistani activist Malala Yousafzai’s fight for education, the gay rights campaigner Harvey Milk, and a boat carrying refugees among its global and historic themes.

Another addition of note is a four-metre bronze statue of the Queen in full garter attire, which was gifted by the company Magna Carta Legacy Ltd and unveiled on Sunday despite public objections that called the piece “utterly bizarre and ridiculous”.

Magna Carta – 3,500 words on calfskin parchment, first drafted by the archbishop of Canterbury – was extracted from King John, known as John Lackland after losing Normandy and Anjou to the French, at sword point by his frustrated noblemen, who captured London and held him to ransom. All involved on that historic day would be astonished to think of its resonance since. John never wanted it published and it was annulled by Pope Innocent III nine weeks later. The pontiff ruled the king had been forced to seal it under duress.

It was redrafted in 1216, 1217, and 1225, and confirmed in English law in 1297 – 81 years after John’s death rumoured from dysentery or a surfeit of peaches. Either way, it was an unfortunate end for a king described as “brimful of evil qualities” by one contemporary writer and whom history condemns as a cruel and lecherous tyrant.

Archbishop of Canterbury Justin Welby, British prime minister David Cameron, Queen Elizabeth II, Prince Philip and Prince William at the ceremony.

Archbishop of Canterbury Justin Welby, British prime minister David Cameron, Queen Elizabeth II, Prince Philip and Prince William at the ceremony. Photograph: Ben Stansall/AFP/Getty Images

Most parts of Magna Carta have since been repealed, and it was originally an English document relevant only to rich, free, land-owning males. But buried within it were clauses that have universal relevance today, and its modern grandiloquent interpretation owes much to Sir Edward Coke, a prominent jurist of the Elizabethan and Jacobean era, who updated it for use against the Stuart kings.

Giant figures of Coke and also leading suffragette Emily Pankhurst formed part of a re-enactment of the history of the charter as school children paraded with specially designed flags on Monday.

Prince William met Karl Newman,55, from Surrey Arts who was inside the 8ft tall puppet of Edward Coke. “I’m not sure if the Duke had heard of Edward Coke but he was interested to know who made the puppets and I told him they were made for the 799th anniversary last year and we kept them until now,” he said.
Guests enjoyed a programme of history, music – including extracts from Gilbert and Sullivan’s one-act operetta Trial by Jury – and references to satire from Spitting Image to Dryden and Pope.

Four copies of the charter still exist, two in the British Library and one each in Lincoln and Salisbury cathedrals.

On the eve of Monday’s commemorations, new evidence emerged to rebut the theory that it was King John’s royal scribes who were responsible for its publication and preservation. Rather, say historians following a three-year-study, the fact it survived was down to church scribes based at the ecclesiastical centres in Lincoln and Salisbury.

The ceremony concluded with a unique flypast, a Typhoon and Spitfire together, referencing the Battle of Britain pilots defending Britain from invasion 75 years ago, and today’s Quick Reaction Eurofighter Typhoons. They were followed by the red, white and blue plumes from the Red Arrows Hawk T1 jets.

 

Magna Carta: explore the document in full

Find out for yourself what Magna Carta says by consulting the original document, with English translation, Latin transcription, and expert commentary from the AHRC’s Magna Carta Project

Monday 15 June 2015 13.08 BST Last modified on Monday 15 June 2015 14.52 BST

related content

Monday, June 15, 2015 FULL SHOW | HEADLINES | PREVIOUS: Israeli Report Finds 2014 Gaza War...

What Do 800-Year-Old Magna Carta & Black Lives Matter Have in Common? A People’s Historian Explains

 

Related Stories

DONATE →
This is viewer supported news
208
SHARED

The Magna Carta turns 800 years old today. Known as the "Great Charter," it is widely considered the foundation of parliamentary democracy, human rights and the supremacy of the law over the crown. As dignitaries including the queen of England and Prime Minister David Cameron commemorate the sealing of the historic text, we go to Lincoln Castle in England, where the finest originals of the Magna Carta and the charters of English liberty are kept in a lockstone vault, and speak with people’s historian Peter Linebaugh, author of "The Magna Carta Manifesto: Liberty and Subsistence for All." He is attending the event to draw connections between the Magna Carta and the Black Lives Matter movement.

Please check back later for full transcript.

Por los escenarios de Sussex que inspiraron a la escritora británica, a su hermana Vanessa y a los demás miembros del grupo de Bloomsbury. La BBC estrena este año una serie sobre ellos

 

Acantilados de creta de Seven Sisters, en Sussex (Inglaterra). Una mujer camina hacia los acantilados de creta de Seven Sisters, en Sussex (Inglaterra). / P. Mansfield

La obra de Virginia Woolf tiene una tremenda fuerza y sentido por sí sola, pero no menos lo tuvieron su vida y sus circunstancias. Sobre todo su hermana mayor, Vanessa. Ambas nacieron al final de la era victoriana en un barrio pudiente de Londres. La muerte de la madre y luego del padre, sir Leslie Stephen, así como después la de Thoby, el hermano mayor, les brindaron la posibilidad de romper con las rigideces victorianas, sin renunciar a algunas de sus virtudes. Dejaron la oscuridad y el tedio de Kensington y se instalaron en un barrio entonces nada chic, Bloomsbury, en una vivienda luminosa y abierta.

Allí Vanessa se dedicó a la pintura y Virginia a escribir. Allí reunieron a unos cuantos hombres especiales. Lytton Strachey, Maynard Keynes, Morgan Forster, Clive Bell, Leonard Woolf, Duncan Grant, Roger Fry: todos tenían un talento particular. Les unía un espíritu de renovación estética y moral, el deseo de romper con la hipocresía y la estrechez de miras de la sociedad inglesa. Sin el artístico pragmatismo de Vanessa y el genio, la inteligencia y los ojos verdes de Virginia quizá el grupo se hubiera deshecho bien pronto y no sería hoy una leyenda de emancipación reconocida en todo el mundo. Y una apasionante novela, llena de extraños y a veces perversos vínculos amorosos, con una sensualidad elevada a la categoría de arte.

Un refugio amable y bucólico

El estudio pintado por Duncan Grant y Vanessa Bell en la casa de Charleston. El estudio pintado por Duncan Grant y Vanessa Bell en la casa de Charleston. / Michael Boys

Vine a Sussex en busca de las huellas aún frescas de las hermanas Stephen. De sus vidas y moradas en Londres apenas queda nada: las bombas alemanas y la especulación las hicieron desaparecer. Vanessa y Virginia, así como el resto de la troupe, llegaron a Sussex en la primera década del nuevo siglo atraídos por su paisaje amable y bucólico, bello de una manera inexplicable. Quizá encontraban al abrigo de los Downs, colinas de creta que se extienden a lo largo de 600 kilómetros de Hampshire a Beachy Head, el enlace entre la vanguardia y el mundo de los druidas. No era una región muy poblada entonces y tampoco lo es ahora. Lo que sedujo a aquellos intelectuales estoicos sigue estando aquí: el silencio ondulado de la tierra, la brisa que llega del mar y la sensación de que las serenas colinas patrulladas por ovejas sin esquilas tienen un destino más allá de la hierba.

Virginia decía que una mujer que escribe necesita dos cosas: dinero y una habitación propia. Ella consiguió ambas gracias a su propio esfuerzo. Tuvo tres casas en Sussex y habitó al menos en cinco. Fue ella quien atrajo a su hermana a esta luz campestre que acallaba sus voces londinenses. Primero tuvo una habitación en la casa de Asheham, que alquiló con Vanessa cuando aún las dos eran solteras. Luego los Woolf compraron Monk’s House, en Rodmell, pueblo a tres millas de Lewes, la capital del condado. Pero antes, ese mismo año de 1919, Virginia se había enamorado de una casa con aspecto de jaula de pájaros colgada de una de las colinas de Lewes. “La compramos a ciegas, en la emoción del momento”, escribió en su diario, según leo en la placa que figura en la fachada, donde dice que Virginia vivió aquí.

La calle principal de Lewes, en Inglaterra. La calle principal de Lewes. / Grant Rooney

Paseando por Lewes es fácil entender el encanto que tenían para ella esta pintoresca ciudad y sus alrededores. Las arquitecturas medieval, eduardiana y georgiana se mezclan con naturalidad. Un río escurridizo y un castillo erigido sobre restos romanos y sajones, para defender la ruta entre Londres y Normandía, definen sus líneas. Estación intermedia de South Downs, en Lewes se respira una atmósfera mágica, como si fuera el hogar de curanderos. Esta parte de Inglaterra fue el último bastión del paganismo británico. Aquí la noche de Guy Fawkes he visto cómo la ciudad se envuelve en llamas y la gente desfila por las calles lanzando gritos de guerra.

Subo y bajo cuestas desde las que se vislumbran colinas de tonos verdes y ocres, y al fondo la bruma que anuncia el mar cercano. Una vetusta librería torcida del siglo XV parece a punto de desmoronarse en un montón de vigas negras. Sobre un estanco de la High Street Thomas, Paine sentó sus reales como revolucionario. Paso junto a la casa que Enrique VIII construyó para Anne de Cleves al divorciarse de ella. Nunca llegó a habitarla. En el centro, donde el río Ouse forma un canal para veleros y balandros, la fábrica de cerveza Harveys se extiende como una catedral laica. Y sobre el puente, un hombre pronuncia un sentido discurso subido a un taburete.

Amores campestres

Fachada de Charleston, casa donde vivió Vanessa Bell (la hermana de Virginia). Fachada de Charleston, casa donde vivió Vanessa Bell (la hermana de Virginia). / Michael Boys

Virginia caminaba mucho. Había heredado las piernas de su padre, buen escalador. Desde su casa en Rodmell iba paseando a Lewes cada tarde, o utilizaba la bicicleta. Atravesaba el río Ouse, donde se ahogó, y a menudo llegaba a Charleston, la finca de Vanessa en Firle (lo que significaba al menos tres horas y media de camino desde su casa), donde la hermana mayor se había instalado con su amante homosexual Duncan Grant, y la aquiescencia de su marido, Clive Bell, para enraizar una vida de pintora y madre bohemia. Ambas hermanas se complementaban, los puntos fuertes de una eran los débiles de la otra. Durante décadas se escribieron cartas todos los días. Vanessa decía que jamás había recibido cartas de amor como las de Virginia.

Después de la guerra de 1914, la aislada granja de Charleston se convirtió en el refugio campestre de los brillantes y desinhibidos “apóstoles”, como se llamaban los miembros de Bloomsbury. Esos personajes que conoció en Cambridge el malogrado Thoby venían a gozar de las dotes de anfitriona de Vanessa, que les dejaba a su aire y les otorgaba su protección. A veces coincidían Clive, el marido de Vanessa, con la pareja de ella, el pintor Duncan Grant, y el amante de este, el joven David Garnet. Además del economista Maynard Keynes y el agudo biógrafo Lytton Strachey (ambos antiguos amantes de Duncan, quien también lo había sido del hermano menor de las Stephen, Adrian) y el crítico Roger Fry.

Comedor de Charleston, casa donde vivió la hermana de Virginia Woolf. Comedor de Charleston. / Michael Boys

En Charleston, en la placidez de Sussex, ellos seguían cultivando la conspiración de amistad e ingenio que les unía. Al mismo tiempo que creaban en torno a ellos una autoexigente supremacía intelectual, por no hablar del embrollo en que convertían sus vidas. Garnet, por ejemplo, añadiría veinte años después otro capítulo morboso a la novela del grupo. Angelica, la hija menor de Vanessa, se casó con él, que había sido amante de su padre (Duncan Grant) y azote emocional de su madre. Aunque artista ella misma, Angelica escribió en sus amargas memorias, Deceived with kindness(amablemente engañada), que hubiera preferido una familia sin tantos genios, con unos padres que se acordasen de su cumpleaños. A ella le tocó parte de la desgracia que ha rondado siempre a la familia, pues su hija Amaryllis pereció ahogada en el Támesis.

El jardín entre nubes

Puerta pintada por Angelica Bell, hija de Vanessa Bell y Duncan Grant, en Charleston. Puerta pintada por Angelica Bell, hija de Vanessa Bell y Duncan Grant, en Charleston. / Michael Boys

El retrato que Vanessa hizo de su hermana en 1912 cuelga ahora en el comedor de la que fue su casa, Monk’s House. Virginia se acababa de casar tras muchas dudas, que luego la sumirán en una fuerte crisis, la mayor de las cinco que tuvo. El pelo corto, la mirada perdida, los labios a punto de hablar: hay algo masculino en este retrato. Pero las manos apenas esbozadas, que parecen retorcerse, hablan de una desazón muy femenina. Meses antes Virginia había escrito a Vanessa: “Tener 29 años y estar soltera, ser una fracasada, no tener hijos, estar loca…, no ser escritora”.

Monk’s House tiene los techos bajos y es una vivienda modesta. Aquí pasó muchas horas desde 1919 a 1941. Escribía todas las mañanas excepto los domingos. En la habitación de Virginia, que parece suspendida de una nube, la simpática mujer que enseña la casa me habla de Leonard, muy estimado por los vecinos. Aún se acuerdan de cuando encontró la nota de suicidio y les llamó desesperado para que le ayudaran a buscar a su mujer. De la nube bajo al vasto jardín a cielo abierto, la razón por la que Virginia quiso vivir en Monk’s House. En el césped junto al cementerio jugaban a la petanca inglesa con bruñidas bolas de madera. Desde su escritorio en el cobertizo, ella veía el monte Caburn y el castillo de Lewes. Aquí es donde llegaban hasta sus dedos las frases perfectas con la “sensación de agua que fluye”. Y de ese cobertizo salió para encontrar la muerte.

Aún bajo la fuerte impresión del cuarto de Virginia y su prado entre nubes, conduzco hasta Berwick, cuya iglesia alberga los frescos pintados por Vanessa y Duncan Grant. Amigos y vecinos sirvieron de modelo para las escenas de la vida de Cristo cuando Inglaterra vivía bajo la amenaza alemana. Quentin, el hijo de Vanessa, pintó a Jesús con el rostro de su tío Leonard, que luego le pediría que escribiese la biografía de Virginia. Más allá de un campo recién abonado, camino hacia el campanario de Alciston, donde en la barra del pub Rose Cottage siempre encuentra uno conversación sobre los asuntos más inesperados mientras degusta una ale.

El río Ouse

A veces el paisaje explica las personas que lo pueblan y sus conflictos internos. Quizá en Londres Virginia no se hubiera suicidado. Puede que viviendo con su hermana la guerra hubiera sido para ella menos insoportable. Siempre sintió la superior fuerza vital de Vanessa. Admiraba su carácter “libre, despreocupado, aéreo, indiferente”. ¿Pero acaso no sufrió mucho más Vanessa que la frágil Virginia? Tuvo que lidiar con tantas pérdidas, desde la muerte de su hijo Julian en la guerra civil española hasta la de Roger Fry, para no hablar de la inquietud que le causaba Duncan. En cambio, la hermana pequeña se refugió en su crisálida creadora desde que Vanessa se entregó al flujo natural de la vida. Sin hijos, Virginia se arrimó a Leonard, un hombre sólido, que la amaba y apenas la tocaba, pues ya se había ocupado su hermanastro George de eso cuando ella era adolescente.

“Creo que estoy más apegada a ti de lo que unas hermanas deberían estarlo”, escribió Virginia a Vanessa cuando tenían casi sesenta años. ¿Qué hubo entre ellas dos sino el amor más apasionado y sensual y a la vez los celos más puros, venidos de la cuna? La escritura visual de la primera parecía esperar que la segunda la pintase, como si solo escribiese para ella. Mientras Vanessa retrató a Virginia tantas veces, esta hizo lo propio en sus novelas Fin de viaje y Al faro, donde evocó los veranos de Cornualles, un tiempo feliz que Vanessa consiguió recrear en Charleston.

Mapa del sur de Inglaterra. Mapa del sur de Inglaterra. / Javier Belloso

He llegado a la ribera del río Ouse, a las afueras de Lewes. Un paisaje sencillo y rotundo, un constable. La corriente fluye despacio, la brisa alborota las hojas de los chopos. Unos patos se acercan a la orilla. En algún punto de ese fluir, entre Rodmell y Lewes, entró Virginia en el agua con piedras en los bolsillos. El arte no fue suficiente para aliviar su angustia vital, su desamparo. Ese día Vanessa le parecía la cariátide inalcanzable que había hecho crecer la vida a su alrededor mientras ella había vivido “en un convento”. Miro el río, que se pierde en un recodo, y me la imagino en su cobertizo del jardín entre nubes. Finales de marzo de 1941.

La invasión alemana aún se teme. Virginia echa un vistazo a las lilas del estanque redondo y escribe una nota para Leonard, quien durante años ha soportado sus depresiones y manías, quien le ha dado un hogar al margen de su hermana del alma. Luego toma un bastón de bambú y sale en dirección al río. Conoce bien sus recodos solitarios, su imperdonable fluidez. Virginia trota por el camino de Lewes hacia el sendero que bordea el Ouse con irritada determinación, como una cabra joven. Así la llamaban, Billy Goat. Y entonces dejo de ver su flaca figura y vuelvo a este preciso instante del río: pasa un hombre llamando a su perro, los patos se alejan corriente arriba, una nube ensombrece el agua.

Retorno a Charleston

Vidriera en la casa de Charleston. Vidriera en la casa de Charleston. / Michael Boys

Tengo la impresión de llegar a una dacha rusa en el camino de la casa donde Vanessa vivió más de cuarenta años. Charleston desprende una mezcla de exaltación y amargura. Ahora que la primavera se acerca es fácil ver el deshielo del lado sombrío. El jardín y el estanque atisban ese “perezoso ajetreo de flores, de mariposas, de manzanas” que su dueña concibió. Dentro, me dejo absorber por los rosas y verdes pálidos, los amarillos y las sanguinas, los optimistas grises, las paredes de un negro transparente, aterciopelado. Dioses y ninfas, acróbatas, ramos de flores y cuencos de frutas. Es la obra de arte de Vanessa Bell. Si Bloomsbury fuese una religión, Charleston sería su monasterio “iluminado”.

Me recibe Virginia Nicholson, la nieta de Vanessa y sobrina nieta de la Cabra. Nacida en 1955, parece una mezcla de las dos. Virginia Nicholson tenía seis años cuando murió Vanessa. Sirve el té en la amplia cocina mientras dice que adoraba a Duncan. Con él nunca se aburría, igual que con su abuela. La ve sentada aquí mismo, de espaldas a los fogones, con un café negro y una cucharilla de azúcar que se va hundiendo como un barco cargado. Le pregunto acerca de su tía Angelica, que echó sacos de sal en el estanque dorado de Bloomsbury. Virginia frunce un instante la sonrisa: “Era muy cambiante: la encontrabas cerrada, impenetrable, y un momento después se entregaba a una explosiva alegría”.

La cabaña en la que escribía Virginia Woolf en Monk’s House (Inglaterra). La cabaña en la que escribía Virginia Woolf en Monk’s House (Inglaterra). / Grant Rooney

Para la hija de Quentin Bell, la decoración de Vanessa crea una especie de “clima” armónico que atemperaba las tensiones de sus moradores. A esa calidez quería ella volver todos los veranos. ¿Pero no es lo que vemos fuera lo que hace de estas estancias un lugar cálido que excita la mente? Miro el retrato de Keynes, obra de Duncan Grant, en la habitación donde, al regresar de Versalles, redactó de un tirón su famoso análisis sobre las consecuencias económicas de la paz. “En esta mesa”, toca madera Virginia con gesto de quien preserva un legado de gran valor.

Entonces siento que en Charleston se rinde culto a una presencia más real que la de los miles que visitan la casa, porque los personajes de aquella manifestación sublime siguen vivos, no solo en nuestro imaginario cultural, sino en los meros detalles: en las tapicerías reconstruidas de los muebles, en los motivos detrás de las puertas, en los vestigios innumerables. Aquella gente genial no perdía nunca el tiempo ni tiraba nada. Siempre trabajaban, incluso cuando no lo hacían. Una joven becaria me muestra algunos de los miles de documentos y dibujos descubiertos en el desván. Las listas de la compra envueltas en papel de seda, con un número de catálogo.

Siete Hermanas

Acantilados de Seven Sisters, al sur de Reino Unido. Acantilados de Seven Sisters, al sur de Reino Unido. / Welling Zoonar

En el amplio atelier de la planta baja, donde el espíritu de Bloomsbury encuentra su definitivo santuario, Virginia dice que se sentaba en esa butaca y Vanessa le hacía explicar las historias que veía en los cuadros mientras la pintaba. En su mirada hay tanto el orgullo de su linaje como esa amargura rusa que la ensombrece. Acaba de ver la nueva serie de la BBC sobre Bloomsbury, aún no estrenada, que no deja de lado lo más escabroso del grupo, y está recaudando fondos para dar mayor relieve a Charleston en su centenario. Quiere construir un auditorio y atraer a más visitantes. Salimos al jardín de Vanessa, contenido por paredes de sílex. Un jardinero con pinta de científico parece hablar a un rosal que despunta. Hay ajetreo por todos lados. Bloomsbury florece. Cerca, en Glyndebourne, ya preparan la ópera al aire libre, una atracción de las tardes de verano

Dejo atrás Charleston con la sensación de que algo no encaja en la historia de los personajes que habitaron aquí. ¿De veras había esa libertad orgiástica que la leyenda proclama o las cosas eran, en el fondo, menos exaltadas, incluso un poco victorianas? Pero enseguida el paisaje ondulado y terapéutico de Sussex neutraliza cualquier duda o incógnita. Las colinas tienen una fe inquebrantable en sí mismas. Me dirijo hacia el mar. Cerca de Eastbourne las colinas de tiza dejan ver sus tripas blancas. En Seven Sisters (Siete Hermanas) me recibe un litoral alto y abrupto que parece de otras latitudes. Los acantilados semejan icebergs con cúspides verdes. La tierra de Sussex revela por fin su íntima inocencia. Me agacho para recoger unos guijarros de tacto óseo y lanzarlos al mar mientras dos galgos grises, vigilados por una delgada mujer rubia, corren en zigzag desafiando el barrido de las olas.

José Luis de Juan es autor de La llama danzante (Minúscula).

Módulo lectura & representación teatral

 

Ambos módulos (fichas) tienen muchos datos y características en común y algunos aspectos sirven para/se repiten en ambos módulos. Lo que no encuentres cubierto en el modelo adjunto puedes añadirlo como observaciones personales.

Módulo de lectura
(contendrá como mínimo los siguientes datos):

Encabezamiento:
Autor, título de la obra, subtítulo (ejemplo: Tragedia en dos actos), editorial, año de publicación, lugar de publicación.

Dramatis personae:
Descripción detallada de los personajes más relevantes, sus características físicas, psíquicas y sociales, la relación con los demás personajes, su forma de expresarse, forma de vestir, forma de actuar, forma de sentir y opiniones personales del personaje.

Trama:
¿qué sucede a lo largo de la obra? Acciones que tienen lugar. Resumen.

Espacio/s donde se desarrolla la trama o acción.
Diferenciar y comentar la función dramática de dentro/fuera, abierto/cerrado, espacio único/ múltiple, urbano/rural, simple/sofisticado, etc.

Tiempo/s en los que se desarrolla la obra.
Analizar y comentar los aspectos temporales de la obra.
Pasado/presente/futuro, coherencia temporal/saltos y rupturas (elipsis) temporales, antes/ después, día/noche.

Recursos literarios y estilísticos
Valoración del lenguaje:verso/prosa, coloquial, barrio bajero, sofisticado, complejo/simple.
Metáforas, símiles, anáforas, juegos de palabras, refranes, léxico en general, etc.

Otros aspectos:
aspectos climáticos (lluvia, nieve, etc.)
circunstancias político-sociales (tiempos de guerra/paz, revolución, etc),
aspectos socio-culturales (feminismo, racismo, ismos en general, etc.)
aspectos económicos (coste de producción)
aspectos técnicos (dificultades de puesta en escena, etc.)
aspectos artísticos
otros

Opinión, crítica, valoración o interpretación personal de la obra.
Documenta en base a ejemplos prácticos y concretos tus opiniones.

Módulo de representación teatral
(contendrá como mínimo los siguientes datos):

Encabezamiento:
Autor, título de la obra, subtítulo (ejemplo: Tragedia en dos actos), compañía de teatro,  director de la obra, reparto, elenco artístico y técnico, fecha y lugar de la representación.

Dramatis personae:
Descripción detallada del reparto, al menos de los personajes principales, características fisiológicas (físicas), ticks, manías, tono de voz, dominio de la dicción, expresión corporal, forma de vestir, forma de hablar, forma de moverse en escena, forma de relacionarse con los demás personajes, etc.

Espacio:
Descripción detallada del espacio escénico y la escenografía, cambios de escenario, sucesión de escenografías,

Iluminación:
Luces/oscuridad, número de focos, colores de las luces, ubicación,

Vestuario:
Contemporáneo/histórico, elegante/cutre, fantasía/realidad,

Atrezzo:
Objetos, muebles, volúmenes, texturas,

Ambiente de sala/teatro
Cómo reacciona el público, que peculiaridades/anécdotas se producen durante la representación,

Opinión, crítica, valoración o interpretación personal de la obra.
Documenta en base a ejemplos prácticos y concretos tus opiniones.

 


Módulos Multi Media

© Copyright 1995-2004 by Dr. Vicente Forés
Valencia, 10/12/2004

« Older entries