09 Orwell disparando con letras

Orwell disparando con letras

En sus cartas y diarios, empuña la pluma como un arma para defenderse ante la posteridad

George Orwell visto por Sciammarella
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En Escritor en guerra, la compilación de sus cartas (1937-1943) y diarios (1940- 1942) que publica ahora Debate, el autor de Rebelión en la granja usa cada línea para dialogar con el lector. George Orwell nunca escribe solo para sí mismo, jamás piensa que esté ejecutando un acto íntimo sin trascendencia pública. Al contrario, el autor empuña la pluma como si fuera una metralleta con la que defenderse frente a la posteridad, el juez implacable que vendrá a calificar su actitud frente al horror de los totalitarismos, la tragedia de la guerra y las mentiras de la propaganda. El resultado es un retrato de otro tiempo, vivido con pasión a través de los ideales, descrito con la pausa de las cartas (a veces aburridas, a veces deliciosas), y consumido sin comodidades: ni agua caliente, ni luz eléctrica, ni dinero, ni comida. Así malvivió este “izquierdista disidente” que línea a línea baila agarrado a los fantasmas de sus contradicciones y mete al lector en un torbellino lleno de altibajos, con momentos apasionantes e instantes para la siesta. Lo normal en una personalidad poliédrica como la de Orwell, un tipo siempre al borde de la pobreza, experto en la cría de gallinas y la agricultura de subsistencia. Un idealista al que la vida coloca entre la espada y la pared con una enfermedad crónica que le impide disparar un solo tiro en la Segunda Gran Guerra: “Hay que morir luchando y tener la satisfacción de matar antes a alguien”, escribe decepcionado.

No es este un relato de los horrores de la Segunda Guerra Mundial al estilo periodístico de la obra homónima de Vasili Grossman, ni una colección de fotos fijas con las que retratar la guerra civil española como el A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Irregular y a veces tedioso, sobre todo cuando describe la estancia terapéutica del autor en Marruecos, Escritor en guerra mezcla el agudo análisis de la alta política de la época, las penalidades de un escritor que junta letras con el único objetivo de alimentarse y la escalofriante cotidianidad de la guerra, cuando las alarmas antiaéreas acaban convirtiéndose en compañeras de sueños. Ahí, en el relato de sus vivencias en la Barcelona de la Guerra Civil o en el Londres asediado por los aviones nazis, se despliega el Orwell más incisivo, el Orwell más brillante, el Orwell que se paladea y disfruta. Uno que planea cómo contener una invasión alemana de Reino Unido. Uno que sale a todo correr de su casa, víctima de un incendio, y se sorprende consigo mismo por acarrear las armas y no la máquina de escribir. Uno que observa cómo se raciona la cerveza, que en los mercados hay tanta escasez como para que se vendan pescados de agua dulce o que las tiendas italianas de Londres cambian de nombre para no pagar las consecuencias de la guerra. En resumen, a Orwell el mundo le llega a provocar asco porque siente que está hecho por políticos de todo o nada y una mayoría de ciudadanos de blanco o negro sin término medio. “Dentro de un año”, escribe sobre la falta de opiniones críticas en los diarios, “veremos titulares así: ‘Bombardeado con éxito un orfanato en Berlín. Niños abrasados’. No hemos llegado a tanto, todavía, pero vamos por buen camino”.

Cuanto mayores son las penurias, más afilada es la mirada de ese hombre complejo que es Orwell, el policía imperialista de India, el guerrillero herido en la Guerra Civil, el propagandista de la BBC y el autor capaz de acudir al juicio de la posteridad denunciando lo que Nikita Kruschev no haría público hasta 15 años más tarde: “No se me ocurre un ejemplo mejor de la superficialidad moral y emotiva de nuestro tiempo que el hecho de que ahora todos seamos más o menos pro-Stalin. El asesino repugnante está de momento de nuestro lado, de manera que las purgas, etcétera, se olvidan de repente”.

Con sus diarios, al revés que con sus cartas o las de su mujer, ocurre lo contrario. Permanecen en la memoria como disparos de denuncia hechos con tinta y letras.

Escritor en guerra Correspondencia y diarios, 1937-1943. George Orwell. Traducción de Miguel. Temprano García. Debate. Barcelona, 2014. 468 páginas. 31,90 euros (electrónico: 12,99)

 

Publicaciones, Wigan y España
1937-1938
Este fue un período productivo para Orwell. Publicó Los días de Birmania,
La hija del clérigo, Que no muera la aspidistra y El camino a Wigan Pier
y, aunque Orwell descartó la segunda y la tercera por alimenticias y no
quería volver a verlas impresas a no ser que permitiesen ganar unos
chelines a sus herederos, no son obras desprovistas de interés. Sus vivencias
en las «áreas más deprimidas» —por supuesto, no solo viajó a Wigan—
y en España fueron tan formativas para su carácter como para sus
puntos de vista sociales y políticos. También colaboró con reseñas y
artículos en periódicos literarios, en particular con «Matar a un elefante
», que dice tanto de la decadencia del Raj como del derrumbe de un
elefante.
Tras entregar a Victor Gollancz la copia mecanografi ada de El camino
a Wigan Pier, justo antes del día de Navidad de 1936, viajó a España
para luchar en el bando gubernamental y contra Franco. Su intención
era alistarse en las Brigadas Internacionales, pero, tal como le
contó a Gollancz, se afi lió, en parte por accidente, al POUM, el Partido
Obrero de Unifi cación Marxista. Lo describió como «uno de esos partidos
comunistas disidentes que han aparecido en los últimos años en
muchos países como resultado de la oposición al “estalinismo”, es decir,
al cambio, real o aparente, de la política comunista. Lo integraban en
parte ex comunistas y en parte miembros de otro partido, el Bloque
Obrero y Campesino. Numéricamente era un partido pequeño, sin demasiada
infl uencia fuera de Cataluña […] donde su principal plaza
fuerte era Lérida» (Homenaje a Cataluña, p. 207). Probablemente no lo
habría hecho de haber sabido, antes de partir de Inglaterra, que los comunistas
soviéticos estaban decididos a eliminarlo. En octubre de 1936,
Victor Orlov, el jefe del NKVD en España, aseguró a su cuartel general
que «la organización trotskista POUM puede liquidarse fácilmente»
(Christopher Andrew y Vasili Mitrokhin, The Mitrokhin Archive [1996],
p. 95). Así, la descripción de Orwell y Eileen como «trotzquistas pronunciados
» en el informe elevado al Tribunal de Espionaje y Alta Traición
de Valencia (un documento de cuya existencia Orwell no tenía
noticia) les condenaba sin remedio. De haberse hallado en España en la
época del juicio de compañeros como Jordi Arquer podría haber supuesto
su encarcelamiento e incluso su ejecución.
Orwell se encontraba de permiso en Barcelona durante «los sucesos
de mayo», cuando los comunistas intentaron eliminar los partidos
revolucionarios (entre ellos, el POUM). Volvió al frente de Huesca y, el
20 de mayo de 1937, recibió un disparo en la garganta. Eileen y él escaparon
de España y regresaron a su casa de Wallington donde Orwell
escribió Homenaje a Cataluña. En marzo de 1938 contrajo tuberculosis,
cayó gravemente enfermo y pasó más de cinco meses en el sanatorio de
Preston Hall, en Kent. El 2 de septiembre, Eileen y él partieron hacia el
Marruecos francés, convencidos de que eso le devolvería la salud.
De una carta de Orwell a su madre, 2 de diciembre de 1911.
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Jennie Lee* a propósito de la llegada de Orwell a Barcelona
Orwell vio a Gollancz el 21 de diciembre de 1936 para hablar de la publicación
de El camino a Wigan Pier. Llegó a Barcelona en torno al 26 (Crick,
p. 315). Tras la muerte de Orwell, Jennie Lee escribió el 23 de junio de 1950
a una tal señorita Margaret M. Goalby de Presteigne, Radnorshire, que le había
preguntado por Orwell. He aquí parte de dicha carta.
En el primer año de la Guerra Civil española estaba sentada con unos
amigos en un hotel de Barcelona cuando un hombre alto y delgado de
tez demacrada se acercó a la mesa. Me preguntó si era Jennie Lee, y, en
tal caso, si podía indicarle dónde alistarse. Dijo ser escritor, que Gollancz
le había pagado un anticipo por un libro,1 y que había llegado
dispuesto a conducir un coche o a hacer cualquier otra cosa, preferiblemente
a combatir en primera línea del frente. Despertó mis sospechas
y le pregunté qué referencias traía de Inglaterra. Por lo visto, no
traía ninguna. No había visto a nadie, se había limitado a costearse el
billete. Me convenció al enseñarme las botas que llevaba al hombro.
Sabía que no iba a encontrar botas de su talla, pues medía más de un
metro ochenta. Eran George Orwell y sus botas llegados para combatir
en España.
Después lo conocí y vi que era un hombre muy amable y un escritor
muy imaginativo. […] Un satírico que no encajaba en ninguna ortodoxia
política o social. […] De lo único que puedo estar segura es de
que, hasta el fi nal de sus días, George fue un hombre de una integridad
absoluta; muy bondadoso y dispuesto a sacrifi car todas sus posesiones
terrenales —nunca tuvo gran cosa— por la causa del socialismo demo-

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crático. Parte de su malestar se debía a que no solo era socialista sino
profundamente liberal. Odiaba la burocracia allí donde la veía, incluso
en las filas socialistas. …

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